El rey del país de los sueños tenía insomnio. La corte, los ministros, el pueblo que admiraba a su soberano, todos andaban preocupados. Las banderas ondeaban a media asta. Nadie salía a la calle, nadie hacía el más leve movimiento, deseando que el silencio, la paz, extendieran sobre Su Majestad la dulce capa del placentero reposo.
Y allá, en sus aposentos, el rey lloraba. Lloraba de pesar por sus sueños perdidos. Y lloraba de alegría por haber perdido la posibilidad de creer en lo imposible. Porque las ilusiones, cuando se desvanecen, duelen...
domingo, 30 de mayo de 2004