"Voilà la bohème!", anunciaba el pirueteante bufón mientras se calzaba la máscara de arlequín.
Tronaba la orquesta, se extendían las alfombras rojas, la expectación era máxima en los alrededores del circo. Y todo para poder contemplar el salto del intrépido trapecista.
Quíntuple salto mortal sin red. Allá abajo se agolpaban las cabezas como insectos curiosos, ávidos, voraces. Lleno absoluto. No va más. El trapecista, sin embargo, no podía evitar pensar que el mundo no había acudido para verlo saltar, sino, más bien, para verlo caer.
Tragó saliva mientras las luces se apagaban y comenzaba el redoble de los tambores.
lunes, 10 de mayo de 2004