Mientras descendía la montaña, el sabio andaba tan rabioso que iba pateando la piedras que se encontraban a su paso. No poseía aquella mente lúcida y cabal de la que presumía no muchos días atrás.
Cuando aquella mañana se levantó, pensó que no quería permanecer en aquella cueva. Nunca había querido.
En realidad, se dio cuenta de que aquello que más deseaba era precisamente aquello que más temía. Entonces fue cuando salió, un grito quebró el silencio y aquel venerable sabio dejó de serlo.
Bajo al pueblo y se mezcló con la gente. Todos seguían a los falsos profetas.
lunes, 14 de junio de 2004