El telón comenzaba a subir. El actor, por fin, iba a ver cumplida la mayor ilusión de su vida. El Gran Teatro le había abierto sus puertas. Horas de ensayos, esfuerzos y sufrimientos iban a ser recompensados.
El telón seguía subiendo, y, paralelamente, una extraña sensación se apoderaba de él. Parálisis. No lo conseguiría. El mundo era demasiado grande, y él era sólo una minúscula partícula insignificante.
Telón arriba. El actor entornó los ojos para observar con mayor atención el patio de butacas. Nadie. El silencio más desolador recorría la estancia, desde el gallinero hasta los palcos. Siguió buscando. Un par de miriápodos caminaban por uno de los pasillos, ajenos al vacío que les rodeaba.
El actor comenzó a recitar el primer acto. El espectáculo debía continuar. Al finalizar, le pareció que los miriápodos comenzaban a aplaudir con entusiasmo.
miércoles, 2 de junio de 2004