¿Por qué todavía no nos hemos puesto a pensar al alimón?
Una avalancha de impulsos nerviosos dirigidos contra el mismo centro resolvería el problema de la existencia. De Aristóteles a Ptolomeo, de Brahe a Kepler, de Copérnico a Galileo. Pero las energías son disparadas sin sentido, como un niño con una pistola de agua, como un arquero ciego.
El individualismo de los librepensadores actúa como los frenos sobre las ruedas de la locomotora. Se para ella, se paran sus vagones.
El problema es que, después de todo, no hay otra solución mejor. Las vías son demasiado estrechas, e inseguras.
domingo, 18 de julio de 2004