lunes, 19 de julio de 2004

Antonio Udina Burbur

     Partamos de una hipótesis cinematográfica. Un meteorito se estrella contra la superficie de Groenlandia. Los esquimales han de ser los primeros en huir.
     Tras el desastre (tarde o temprano tenía que pasar), sólo un esquimal sobrevive. Debido más al azar que a la capacidad (su iglú le sirvió de protección, se ocultó en una cueva, su trineo le ayudó a escapar, quién sabe) se encuentra solo. El factor suerte es, a veces, más fuerte que el determinismo (¿hubieran evolucionado los frágiles marsupiales en un ecosistema algo más competitivo que el "paraíso" oceánico?).
     Le quedan dos opciones: racionalización o animalización. Dadas las escasas posibilidades de encontrar otro miembro de su especie con quien relacionarse, se siente efímero, condenado, y opta por la segunda, la animalización.
     Lenguaje y pensamiento, las funciones vitales superiores. El lenguaje desaparece al no ser usado (27 formas de llamar a la nieve y una increíble gama léxica de blancos se esfuman para siempre). El pensamiento tampoco es necesario, para convivir con los perros tiradores de trineos no hay más que actuar como ellos, ser su jefe, moverse por instinto.
     Si no hay sociedad, no hay ser humano. Solos estamos condenados, acompañados, también.
     Fundido en negro. Aparecen los créditos.