jueves, 22 de julio de 2004

Asfixia

     No puedo respirar debajo del agua.
     No podría respirar en la Fosa de las Marianas, ni tampoco en la cima del K-2.
     No sobreviviría en el espacio exterior, pues tampoco el vacío está hecho para mí.
     No encuentro mis branquias (¿dónde están, maldita sea?), y mi traquea es una construcción tan milimétricamente perfecta que sólo sirve bajo ciertas condiciones, que sólo puede ser utilizada en una superficie reducida de varios cientos de miles de kilómetros cuadrados.
     Me ahogo. He realizado en mi vida tantos movimientos consecutivos de inspiración y espiración que han perdido todo su interés. Son aburridos y rutinarios.
     La culpa la tienen los grillos, y los mosquitos, lobos con piel de cordero. No me dejan dormir sobre la superficie.