- Estoy cansada de arrastrarme por el suelo. Quiero volar - comentó la desdichada serpiente.
El águila comenzó a reir, y así lo hacía también el soberbio dromedario.
- Eso no es posible - respondió éste último. - No puedes sobrepasar los límites de la naturaleza. Confórmate con quien eres, estás condenada a morder arena durante toda tu vida.
Pero la serpiente era testaruda.
Un día comenzaron a surgir unos bultos sobre su escamoso lomo. Con el tiempo éstos fueron creciendo, y coloreándose, hasta convertirse en unas alas bellas y fuertes como los dioses del Olimpo.
La serpiente desplegó sus alas, alzó la mirada y levantó su alargado cuerpo del suelo. En ese momento, el águila se acercó rauda, la asió con sus afiladas garras y la mordió hasta acabar con ella.
Definitivamente, nadie puede ir más allá de su propia naturaleza.
martes, 31 de agosto de 2004
sábado, 28 de agosto de 2004
Visión a distancia
Es el defecto opuesto a la miopía. Cuando ves lo que sucede a muchos kilómetros, aunque no quieras, y te sientes como una especie de Funes el Memorioso, pero reducido al momento presente.
Ahora está apagada. Mi rostro se refleja sobre su oscura pantalla. Junto a mi rostro, mi cabeza y una parte de mi cuerpo (¿realmente soy yo?). Detrás una habitación, pálida e inerte.
Utilizaré una ganzúa para abrirla, quiero descubrir sus secretos. Destaparé la caja de los truenos, y millones de Pandoras saldrán revoloteando como aves del paraíso a mi alrededor.
En el interior, el gran teatro del mundo seguirá su curso en clave tragicómica. Parece que es así como tiene que ser, aunque no quieras.
Ahora está apagada. Mi rostro se refleja sobre su oscura pantalla. Junto a mi rostro, mi cabeza y una parte de mi cuerpo (¿realmente soy yo?). Detrás una habitación, pálida e inerte.
Utilizaré una ganzúa para abrirla, quiero descubrir sus secretos. Destaparé la caja de los truenos, y millones de Pandoras saldrán revoloteando como aves del paraíso a mi alrededor.
En el interior, el gran teatro del mundo seguirá su curso en clave tragicómica. Parece que es así como tiene que ser, aunque no quieras.
viernes, 27 de agosto de 2004
El comedor de piedras
Lo encontré plácidamente tumbado sobre una de ellas, sobre una piedra negra como el vacío infinito, como la sopa primordial, como el origen de la vida. De allí venía él, del origen de la vida, así me lo hizo saber guiñando uno de sus ojos y dibujando una suave sonrisa.
Chasqueó sus pinzas y se retiró educadamente.
La próxima vez que vuelva al centro de la tierra le llevaré un regalo. Y una botella de agua, para soportar tanto calor. Y una cuerda, para descender seguro por las paredes verticales que llevan directamente a la laguna Estigia.
Sobre las aguas, el núcleo incandescente.
Chasqueó sus pinzas y se retiró educadamente.
La próxima vez que vuelva al centro de la tierra le llevaré un regalo. Y una botella de agua, para soportar tanto calor. Y una cuerda, para descender seguro por las paredes verticales que llevan directamente a la laguna Estigia.
Sobre las aguas, el núcleo incandescente.
martes, 24 de agosto de 2004
La teoría del observador
A veces es sano sentarte en un lugar tranquilo y ver a la gente pasar.
Se mueven, por lo general, de aquí para allá, pudiera parecer que carecen de un plan preconcebido, pero no es así. Como abejas en una colmena, o alrededor de una flor. Unas observan con atención y curiosidad todo lo que les rodea, a menudo sin ver nada; otras, en cambio, van con la cabeza tan alta que no alcanzan a ver más que nubes; un tercer grupo, por el contrario, no levanta la cabeza bajo ningún pretexto... al menos ésas no tropiezan con las irregularidades del suelo.
Todos, eso sí, se devorarían si fuera necesario.
Definitivamente, es sano observar a la gente. Eso sí, desde un lugar sombreado, no vaya a ser que la exposición a las altas temperaturas te provoque una insolación. Y con cuidado, no vayas a ser devorado en un descuido o, lo que es aún peor, no vayas a devorar a alguien sin querer.
Sin lugar a dudas, el momento más extraordinario es aquél en el que, y esto ocurre sólo muy raramente, vislumbras allá, frente a ti, sentado, a una persona que observa al resto como tú lo haces.
Se mueven, por lo general, de aquí para allá, pudiera parecer que carecen de un plan preconcebido, pero no es así. Como abejas en una colmena, o alrededor de una flor. Unas observan con atención y curiosidad todo lo que les rodea, a menudo sin ver nada; otras, en cambio, van con la cabeza tan alta que no alcanzan a ver más que nubes; un tercer grupo, por el contrario, no levanta la cabeza bajo ningún pretexto... al menos ésas no tropiezan con las irregularidades del suelo.
Todos, eso sí, se devorarían si fuera necesario.
Definitivamente, es sano observar a la gente. Eso sí, desde un lugar sombreado, no vaya a ser que la exposición a las altas temperaturas te provoque una insolación. Y con cuidado, no vayas a ser devorado en un descuido o, lo que es aún peor, no vayas a devorar a alguien sin querer.
Sin lugar a dudas, el momento más extraordinario es aquél en el que, y esto ocurre sólo muy raramente, vislumbras allá, frente a ti, sentado, a una persona que observa al resto como tú lo haces.
domingo, 22 de agosto de 2004
Cefalea inducida
Llevaba algunos días en la luna. Por allí caminaba, ingrávido, dedicando los soporíferos días a clavar sobre la superficie del satélite bonitos banderines de colores (es lo que hacen todos allí, ¿no?, qué otra cosa se puede hacer en la luna).
Pero a la luna comenzó a dolerle la cabeza, ya se sabe, tanto pinchazo, y su cara visible de adolescente sumiso se contraía por el dolor y el insomnio.
Hasta que decidieron que el mejor remedio era acabar con la cabeza, con la fuente del dolor. Golpearon la luna como si fuera una piñata espacial, y reventó, y de su interior surgieron, como en una fantasía orgiástica, las más diversas golosinas y caramelos de mil sabores. Y algunos meteoritos.
Y todos cayeron sobre la tierra. Algunos de los meteoritos, por cierto, sobre las cabezas de antiguos conocidos. El dolor de cabeza se les transmitió, seguro, aunque a él no le importaba, él estaba en la luna, comiendo caramelos.
Pero a la luna comenzó a dolerle la cabeza, ya se sabe, tanto pinchazo, y su cara visible de adolescente sumiso se contraía por el dolor y el insomnio.
Hasta que decidieron que el mejor remedio era acabar con la cabeza, con la fuente del dolor. Golpearon la luna como si fuera una piñata espacial, y reventó, y de su interior surgieron, como en una fantasía orgiástica, las más diversas golosinas y caramelos de mil sabores. Y algunos meteoritos.
Y todos cayeron sobre la tierra. Algunos de los meteoritos, por cierto, sobre las cabezas de antiguos conocidos. El dolor de cabeza se les transmitió, seguro, aunque a él no le importaba, él estaba en la luna, comiendo caramelos.
jueves, 19 de agosto de 2004
Homo faber
Consiguió fabricarse un cuchillo tallando con paciencia una piedra de buen tamaño. Con la ayuda de su cara cortante construyó una balsa, un arco y flechas para cazar. Inventó, entre las ramas de un árbol, un refugio que lo protegía de las inclemencias del tiempo con su tejado de hojas de palmera sostenidas por troncos a modo de vigas de la mejor madera.
Salió a cazar, puesto que el hambre lo devoraba.
Volvió al anochecer, dio cuenta de los frutos recogidos, asó los animales al fuego de una hoguera encendida con yesca y pedernal, y con las pieles diseñó vestidos que se ajustasen a su cuerpo y le proporcionaran calor.
Casi todo estaba preparado. Ahora sólo tenía que esperar que acabase la estación de las lluvias. Entonces cogería la balsa, se echaría al mar y partiría en busca de su isla desierta. Le incomodaban todos esos curiosos que se detenían con rostro estupido a contemplarle, y le perturbaba el sonido de los motores de los coches que no le dejaban oír el canto de las abubillas.
Salió a cazar, puesto que el hambre lo devoraba.
Volvió al anochecer, dio cuenta de los frutos recogidos, asó los animales al fuego de una hoguera encendida con yesca y pedernal, y con las pieles diseñó vestidos que se ajustasen a su cuerpo y le proporcionaran calor.
Casi todo estaba preparado. Ahora sólo tenía que esperar que acabase la estación de las lluvias. Entonces cogería la balsa, se echaría al mar y partiría en busca de su isla desierta. Le incomodaban todos esos curiosos que se detenían con rostro estupido a contemplarle, y le perturbaba el sonido de los motores de los coches que no le dejaban oír el canto de las abubillas.
martes, 17 de agosto de 2004
Un acto irreflexivo
A mi alrededor han surgido, como por arte de magia, una serie de construcciones cúbicas. Cubos geométricamente perfectos, que se extienden hasta donde alcanza mi vista.
Del centro de gravedad de uno de ellos, quizá el más brillante, surge un hilo de plata. Su longitud es tal que la numeración que conocemos no alcanzaría a medirlo. Es, por tanto, libre, inconmesurable. Y yo también debo de ser libre, pues pendo del extremo de ese hilo de plata, bocabajo.
Ante mí, inmisericorde, gira la rueda de la fortuna.
Acabo de crear un universo en miniatura. A pesar de su diminuta escala, es, por supuesto, infinito. Por eso he perdido el control sobre él.
Del centro de gravedad de uno de ellos, quizá el más brillante, surge un hilo de plata. Su longitud es tal que la numeración que conocemos no alcanzaría a medirlo. Es, por tanto, libre, inconmesurable. Y yo también debo de ser libre, pues pendo del extremo de ese hilo de plata, bocabajo.
Ante mí, inmisericorde, gira la rueda de la fortuna.
Acabo de crear un universo en miniatura. A pesar de su diminuta escala, es, por supuesto, infinito. Por eso he perdido el control sobre él.
sábado, 14 de agosto de 2004
En posesión de la verdad
- ¿Han intentado alguna vez probar que ustedes se encuentran en lo cierto, que tienen razón, y que el resto del mundo se equivoca?
El maestro observó cómo sus discípulos apoyaban con su silencio una respuesta negativa. Unos miraban hacia abajo, otros permanecían boquiabiertos y expectantes, alguno dormitaba protegido por las sombras.
- Pues no lo intenten. Si verdaderamente se encuentran en lo cierto, el resto del mundo les odiará. Y si se encuentran equivocados, serán ustedes quienes se odien a sí mismos.
Mejor no comparar las ideas propias con las del resto del mundo.
El maestro observó cómo sus discípulos apoyaban con su silencio una respuesta negativa. Unos miraban hacia abajo, otros permanecían boquiabiertos y expectantes, alguno dormitaba protegido por las sombras.
- Pues no lo intenten. Si verdaderamente se encuentran en lo cierto, el resto del mundo les odiará. Y si se encuentran equivocados, serán ustedes quienes se odien a sí mismos.
Mejor no comparar las ideas propias con las del resto del mundo.
viernes, 13 de agosto de 2004
De tractato geometricae veritatis
A principios del siglo XVII, un matemático y astrónomo prusiano, Rudolf Lüger, desarrolló un método que, basado en la geometría euclidea, era capaz de proporcionar la situación del perdido y añorado continente de la Atlántida.
Según este método, la Atlántida se encuentra en un punto equidistante de otros dos puntos, A y B, de tal modo que
1) La distancia en línea recta desde el punto A hasta el punto B es el doble de la existente desde cualquiera de estos puntos hasta la Atlántida.
2) Tracemos dos perpendiculares al segmento AB que pasen directamente sobre los puntos A y B, respectivamente. Posteriormente, tracemos la bisectriz de los dos ángulos rectos resultantes. En este caso, obtendremos que la línea recta que une el punto en que ambas bisectrices se cruzan, llamémosle C', y el punto en el que se encuentra el continente sumergido se corresponde con la mediatriz del segmento AB y, al mismo tiempo, es paralela a las perpendiculares antes mencionadas.
Tras la muerte de Lüger, los manuscritos en los que se desarrollaba tal método fueron adquiridos por la Iglesia Reformista y depositados hasta hoy en la abadía de Stettin. Varias órdenes de iniciados recibieron el encargo de proteger los manuscritos hasta el día en el que la Atlántida volvería a emerger desde las profundidades.
Ese día se correspondería con el momento en el que la órbita del 10º planeta del Sistema Solar, aquel planeta oculto que se encuentra más allá de Plutón, se encuentre en su punto de máximo acercamiento a la Tierra, lo cual ocurrirá, después de 3.600 años, coincidiendo con el año 2013 de nuestro cómputo actual.
La deriva continental ha terminado. Comienza la Segunda Era de Pangea.
Según este método, la Atlántida se encuentra en un punto equidistante de otros dos puntos, A y B, de tal modo que
1) La distancia en línea recta desde el punto A hasta el punto B es el doble de la existente desde cualquiera de estos puntos hasta la Atlántida.
2) Tracemos dos perpendiculares al segmento AB que pasen directamente sobre los puntos A y B, respectivamente. Posteriormente, tracemos la bisectriz de los dos ángulos rectos resultantes. En este caso, obtendremos que la línea recta que une el punto en que ambas bisectrices se cruzan, llamémosle C', y el punto en el que se encuentra el continente sumergido se corresponde con la mediatriz del segmento AB y, al mismo tiempo, es paralela a las perpendiculares antes mencionadas.
Tras la muerte de Lüger, los manuscritos en los que se desarrollaba tal método fueron adquiridos por la Iglesia Reformista y depositados hasta hoy en la abadía de Stettin. Varias órdenes de iniciados recibieron el encargo de proteger los manuscritos hasta el día en el que la Atlántida volvería a emerger desde las profundidades.
Ese día se correspondería con el momento en el que la órbita del 10º planeta del Sistema Solar, aquel planeta oculto que se encuentra más allá de Plutón, se encuentre en su punto de máximo acercamiento a la Tierra, lo cual ocurrirá, después de 3.600 años, coincidiendo con el año 2013 de nuestro cómputo actual.
La deriva continental ha terminado. Comienza la Segunda Era de Pangea.
lunes, 9 de agosto de 2004
Make up your Mind
En realidad, el rostro del mundo no ha cambiado mucho desde el Cuaternario. Los mares, las cordilleras, las llanuras y los ríos ya estaban allí cuando llegamos.
Las arenas de las playas que conquistó Publio Cornelio Escipión el Africano son hoy transitadas por inocentes turistas. En los montes que atravesó Aníbal con sus paquidermos meriendan con deleite las familias en sus excursiones.
Si observamos con atención, obtendremos la conclusión de que el hombre, en el fondo, ha sido incapaz de cambiar la faz de nuestro planeta. Como mucho, ha conseguido maquillarla, llenarla de afeites, polvos y perfumes.
El problema es que una piel continuamente maquillada, sin gusto ni cuidado, envejece con mayor rapidez y termina por quebrarse como una placa tectónica.
Las arenas de las playas que conquistó Publio Cornelio Escipión el Africano son hoy transitadas por inocentes turistas. En los montes que atravesó Aníbal con sus paquidermos meriendan con deleite las familias en sus excursiones.
Si observamos con atención, obtendremos la conclusión de que el hombre, en el fondo, ha sido incapaz de cambiar la faz de nuestro planeta. Como mucho, ha conseguido maquillarla, llenarla de afeites, polvos y perfumes.
El problema es que una piel continuamente maquillada, sin gusto ni cuidado, envejece con mayor rapidez y termina por quebrarse como una placa tectónica.
sábado, 7 de agosto de 2004
Cuando los árboles no te dejan ver el bosque
Tanta era la sombra que los rayos del sol difícilmente acertaban a saludar con timidez. En la fría oscuridad del mundo vegetal las sensaciones no tienen utilidad, no son expresables. Mundo vivo, mundo en coma. Mis preguntas rebotan sobre los abetos como sobre las personas. Ni unos ni otras contestan, y yo termino por olvidar lo que pregunté.
Me acerco a un claro. Oigo la charla del muchuelo, la dulce entonación de los sapos, las enseñanzas que reciben los abetos más jóvenes.
Invoco a los duendes, a los trasgos y a las hadas, a las brujas de dorados cabellos y a todos los seres del submundo. Íncubos y súcubos me saludan al pasar. Ya comienzo a escuchar el caramillo de Pan.
¿Qué es este hormigueo que me recorre el esófago y se aloja en mi estómago? ¡Qué comience el espectáculo! ¡Agitémonos presa de la enajenación!
Me acerco a un claro. Oigo la charla del muchuelo, la dulce entonación de los sapos, las enseñanzas que reciben los abetos más jóvenes.
Invoco a los duendes, a los trasgos y a las hadas, a las brujas de dorados cabellos y a todos los seres del submundo. Íncubos y súcubos me saludan al pasar. Ya comienzo a escuchar el caramillo de Pan.
¿Qué es este hormigueo que me recorre el esófago y se aloja en mi estómago? ¡Qué comience el espectáculo! ¡Agitémonos presa de la enajenación!
viernes, 6 de agosto de 2004
Un segundo tras otro
Todos los siglos anteriores se me han venido encima como un alud de nieve.
No puedo gritar con la boca llena, los ojos me arden y un chunda-chunda estremecedor desordena mis oídos. En torno a mí, gentes extrañas parecen disfrutar.
En momentos como éste envidio a los reptiles. Lengua viperina y piel escamosa. Y con qué eficacia se protegen del sol...
Las iguanas alzan sus manos al cielo, las serpientes devuelven el fruto robado, el camaleón se camufla con el aire, un lagarto me mira fijamente y deja caer por su mejilla una lágrima de cocodrilo.
Ni el Anticristo podría pensar un paisaje más idílico.
No puedo gritar con la boca llena, los ojos me arden y un chunda-chunda estremecedor desordena mis oídos. En torno a mí, gentes extrañas parecen disfrutar.
En momentos como éste envidio a los reptiles. Lengua viperina y piel escamosa. Y con qué eficacia se protegen del sol...
Las iguanas alzan sus manos al cielo, las serpientes devuelven el fruto robado, el camaleón se camufla con el aire, un lagarto me mira fijamente y deja caer por su mejilla una lágrima de cocodrilo.
Ni el Anticristo podría pensar un paisaje más idílico.
miércoles, 4 de agosto de 2004
La codicia de las burbujas
La codicia controlada puede proporcionar más placer que dolor. Placeres pequeños, aparentemente irrelevantes, de esos que acumulados otorgan la sensación de bienestar.
La codicia no tiene por qué causar estragos en las almas ajenas. Sólo hay que saber cuidarla, con los cuidados que recibiría una mascota fiel, sacarla a pasear de vez en cuando, tratarla con rigidez pero con cariño.
Cuando se escapa de las manos, cuando comienza a desobecer, la codicia se infla como un globo, molesta como un fastasma y, finalmente, explota como una burbuja. Tan bella como efímera.
"Y el Señor Dios dijo:
- Si el hombre es ya como uno de nosotros, versado en el bien y en el mal, ahora sólo le falta echar mano al árbol de la vida, coger, comer y vivir para siempre.
Y el Señor Dios lo expulsó del paraíso." (Gen 3, 22-23).
La codicia no tiene por qué causar estragos en las almas ajenas. Sólo hay que saber cuidarla, con los cuidados que recibiría una mascota fiel, sacarla a pasear de vez en cuando, tratarla con rigidez pero con cariño.
Cuando se escapa de las manos, cuando comienza a desobecer, la codicia se infla como un globo, molesta como un fastasma y, finalmente, explota como una burbuja. Tan bella como efímera.
"Y el Señor Dios dijo:
- Si el hombre es ya como uno de nosotros, versado en el bien y en el mal, ahora sólo le falta echar mano al árbol de la vida, coger, comer y vivir para siempre.
Y el Señor Dios lo expulsó del paraíso." (Gen 3, 22-23).
martes, 3 de agosto de 2004
La confabulación de la mesa 15
Cuando giro la cabeza de un lado a otro me encuentro inmerso en un mar de dudas. Un inmenso signo de interrogación, del tamaño aproximado de un mosquito monstruoso, planea sobre las cabezas de mis circundantes. Sobre la mía no. Quizá yo sea el insignificante atolón desierto a punto de ser devorado por las olas, quizá sólo sea la efectividad del repelente que me apliqué ayer.
Las manos se levantan, desinhibidas.
Alguien algún día se encargará de destruir mis planes. Aunque mis planes no existan. Aunque yo haya hecho lo posible por no crearlos. Entonces, y sólo entonces, los signos de interrogación se convertirán en exclamaciones, y en asteriscos dispuestos a poner notas a pie de página a todos los capítulos.
Hasta que llegue ese momento, el mundo es nuestro.
Las manos se levantan, desinhibidas.
Alguien algún día se encargará de destruir mis planes. Aunque mis planes no existan. Aunque yo haya hecho lo posible por no crearlos. Entonces, y sólo entonces, los signos de interrogación se convertirán en exclamaciones, y en asteriscos dispuestos a poner notas a pie de página a todos los capítulos.
Hasta que llegue ese momento, el mundo es nuestro.
lunes, 2 de agosto de 2004
Hace ya tanto tiempo...
Aquella mañana regresé al mundo de los vivos a causa de unos fotones que golpeaban la piel de mi rostro. Las gaviotas habían estado graznando en mi oído durante horas, y sin embargo no habían conseguido despertarme. Paradójico, ¿no creen?
Busqué unos ultramarinos. Cuando los encontré, renuncié a ellos. No por la destrucción del deseo una vez alcanzado el objetivo, sino porque se encontraba allá, muy, muy lejos, mar adentro. Tampoco había cabinas telefónicas para solicitar el servicio a domicilio.
Sólo me quedaba subirme al bote y remar en dirección contraria. Con cuidado, eso sí, procurando evitar el surgimiento de ampollas indeseadas en las palmas de las manos.
Por supuesto, no pienso observar a los peces que saltan a mi alrededor. La biología ya no me llena. Es arriesgada. A partir de ahora me dedicaré a la necrología.
Busqué unos ultramarinos. Cuando los encontré, renuncié a ellos. No por la destrucción del deseo una vez alcanzado el objetivo, sino porque se encontraba allá, muy, muy lejos, mar adentro. Tampoco había cabinas telefónicas para solicitar el servicio a domicilio.
Sólo me quedaba subirme al bote y remar en dirección contraria. Con cuidado, eso sí, procurando evitar el surgimiento de ampollas indeseadas en las palmas de las manos.
Por supuesto, no pienso observar a los peces que saltan a mi alrededor. La biología ya no me llena. Es arriesgada. A partir de ahora me dedicaré a la necrología.