domingo, 22 de agosto de 2004

Cefalea inducida

Llevaba algunos días en la luna. Por allí caminaba, ingrávido, dedicando los soporíferos días a clavar sobre la superficie del satélite bonitos banderines de colores (es lo que hacen todos allí, ¿no?, qué otra cosa se puede hacer en la luna).
Pero a la luna comenzó a dolerle la cabeza, ya se sabe, tanto pinchazo, y su cara visible de adolescente sumiso se contraía por el dolor y el insomnio.
Hasta que decidieron que el mejor remedio era acabar con la cabeza, con la fuente del dolor. Golpearon la luna como si fuera una piñata espacial, y reventó, y de su interior surgieron, como en una fantasía orgiástica, las más diversas golosinas y caramelos de mil sabores. Y algunos meteoritos.
Y todos cayeron sobre la tierra. Algunos de los meteoritos, por cierto, sobre las cabezas de antiguos conocidos. El dolor de cabeza se les transmitió, seguro, aunque a él no le importaba, él estaba en la luna, comiendo caramelos.