Lo encontré plácidamente tumbado sobre una de ellas, sobre una piedra negra como el vacío infinito, como la sopa primordial, como el origen de la vida. De allí venía él, del origen de la vida, así me lo hizo saber guiñando uno de sus ojos y dibujando una suave sonrisa.
Chasqueó sus pinzas y se retiró educadamente.
La próxima vez que vuelva al centro de la tierra le llevaré un regalo. Y una botella de agua, para soportar tanto calor. Y una cuerda, para descender seguro por las paredes verticales que llevan directamente a la laguna Estigia.
Sobre las aguas, el núcleo incandescente.
viernes, 27 de agosto de 2004