Consiguió fabricarse un cuchillo tallando con paciencia una piedra de buen tamaño. Con la ayuda de su cara cortante construyó una balsa, un arco y flechas para cazar. Inventó, entre las ramas de un árbol, un refugio que lo protegía de las inclemencias del tiempo con su tejado de hojas de palmera sostenidas por troncos a modo de vigas de la mejor madera.
Salió a cazar, puesto que el hambre lo devoraba.
Volvió al anochecer, dio cuenta de los frutos recogidos, asó los animales al fuego de una hoguera encendida con yesca y pedernal, y con las pieles diseñó vestidos que se ajustasen a su cuerpo y le proporcionaran calor.
Casi todo estaba preparado. Ahora sólo tenía que esperar que acabase la estación de las lluvias. Entonces cogería la balsa, se echaría al mar y partiría en busca de su isla desierta. Le incomodaban todos esos curiosos que se detenían con rostro estupido a contemplarle, y le perturbaba el sonido de los motores de los coches que no le dejaban oír el canto de las abubillas.
jueves, 19 de agosto de 2004