La codicia controlada puede proporcionar más placer que dolor. Placeres pequeños, aparentemente irrelevantes, de esos que acumulados otorgan la sensación de bienestar.
La codicia no tiene por qué causar estragos en las almas ajenas. Sólo hay que saber cuidarla, con los cuidados que recibiría una mascota fiel, sacarla a pasear de vez en cuando, tratarla con rigidez pero con cariño.
Cuando se escapa de las manos, cuando comienza a desobecer, la codicia se infla como un globo, molesta como un fastasma y, finalmente, explota como una burbuja. Tan bella como efímera.
"Y el Señor Dios dijo:
- Si el hombre es ya como uno de nosotros, versado en el bien y en el mal, ahora sólo le falta echar mano al árbol de la vida, coger, comer y vivir para siempre.
Y el Señor Dios lo expulsó del paraíso." (Gen 3, 22-23).
miércoles, 4 de agosto de 2004