Cuando giro la cabeza de un lado a otro me encuentro inmerso en un mar de dudas. Un inmenso signo de interrogación, del tamaño aproximado de un mosquito monstruoso, planea sobre las cabezas de mis circundantes. Sobre la mía no. Quizá yo sea el insignificante atolón desierto a punto de ser devorado por las olas, quizá sólo sea la efectividad del repelente que me apliqué ayer.
Las manos se levantan, desinhibidas.
Alguien algún día se encargará de destruir mis planes. Aunque mis planes no existan. Aunque yo haya hecho lo posible por no crearlos. Entonces, y sólo entonces, los signos de interrogación se convertirán en exclamaciones, y en asteriscos dispuestos a poner notas a pie de página a todos los capítulos.
Hasta que llegue ese momento, el mundo es nuestro.
martes, 3 de agosto de 2004