A veces es sano sentarte en un lugar tranquilo y ver a la gente pasar.
Se mueven, por lo general, de aquí para allá, pudiera parecer que carecen de un plan preconcebido, pero no es así. Como abejas en una colmena, o alrededor de una flor. Unas observan con atención y curiosidad todo lo que les rodea, a menudo sin ver nada; otras, en cambio, van con la cabeza tan alta que no alcanzan a ver más que nubes; un tercer grupo, por el contrario, no levanta la cabeza bajo ningún pretexto... al menos ésas no tropiezan con las irregularidades del suelo.
Todos, eso sí, se devorarían si fuera necesario.
Definitivamente, es sano observar a la gente. Eso sí, desde un lugar sombreado, no vaya a ser que la exposición a las altas temperaturas te provoque una insolación. Y con cuidado, no vayas a ser devorado en un descuido o, lo que es aún peor, no vayas a devorar a alguien sin querer.
Sin lugar a dudas, el momento más extraordinario es aquél en el que, y esto ocurre sólo muy raramente, vislumbras allá, frente a ti, sentado, a una persona que observa al resto como tú lo haces.
martes, 24 de agosto de 2004