martes, 17 de agosto de 2004

Un acto irreflexivo

A mi alrededor han surgido, como por arte de magia, una serie de construcciones cúbicas. Cubos geométricamente perfectos, que se extienden hasta donde alcanza mi vista.
Del centro de gravedad de uno de ellos, quizá el más brillante, surge un hilo de plata. Su longitud es tal que la numeración que conocemos no alcanzaría a medirlo. Es, por tanto, libre, inconmesurable. Y yo también debo de ser libre, pues pendo del extremo de ese hilo de plata, bocabajo.
Ante mí, inmisericorde, gira la rueda de la fortuna.
Acabo de crear un universo en miniatura. A pesar de su diminuta escala, es, por supuesto, infinito. Por eso he perdido el control sobre él.