La Bella Durmiente ya no era tan feliz. Las perdices habían dejado ya de coronar las mesas en sus cenas.
Había pasado mucho tiempo desde que despertara de su sueño centenario. También el príncipe azul había dejado de ser aquel joven lozano y emprendedor que besó sus labios lleno de ilusión. El Golpe de Estado contra el reinado de su padre había triunfado, y la idílica pareja, lejos de poder reinar, había tenido que refugiarse en el exilio.
Ahora eran mayores, llenos de arrugas y achaques, cansados. La Bella Durmiente había montado una modesta fábrica de tejidos en la que ella y sus empleadas cosían ocho horas al día. Afortunadamente el negocio marchaba y les permitía sobrevivir con holgura, porque el príncipe, nobleza obliga, no colaboraba demasiado. Se había echado en brazos de la dipsomanía, y pasaba las horas inútiles entre tragos a la botella y cabezadas de sueño provocadas por una incipiente narcolepsia.
No podían seguir así. La Bella Durmiente entró en la sala poblada de máquinas de coser. Tomó un huso entre sus manos y pensó en pincharse un dedo. Quizá durmiera otros cien años, quizá eternamente. Cerró los ojos y apretó.
Pero no hubo pinchazo. Tantos años de coser y coser habían creado un callo impenetrable en la yema de su dedo.
miércoles, 29 de septiembre de 2004
lunes, 27 de septiembre de 2004
Disquisiciones luciferinas
Hubo una vez un ángel que estaba triste. Observaba al resto de ángeles, a los querubines y demás corte celestial, y lloraba. Uno de los arcángeles se le dirigió:
- Pero, ¿qué te sucede?
- No quiero ser un ángel, quiero tener sexo.
- Pero los ángeles no tienen sexo, ¿no lo sabías?
- Sí, por eso no quiero ser más un ángel.
Sucede que el ángel conocía a los animales y añoraba un comportamiento similar en el mundo de los cielos. Los humanos, por ejemplo, se acoplaban como piezas de un puzzle, y parecían felices. Dios era injusto con los ángeles.
Tanto lloró y suplicó que Dios se apiadó de él. Le proporcionó sexo, advirtiéndole de los peligros que ello suponía. Tendría que superar tentaciones de todo tipo para seguir practicando el amor de Dios por encima de los bienes terrenales.
Pero el resto de ángeles comenzó a envidiar al ángel con sexo. Tanto le envidiaban, que le tendieron una trampa, y le contaron a Dios que el ángel con sexo había dejado de creer en Él.
Y Dios prestó atención a estas triquiñuelas, y lo expulsó.
Unos años más tarde, el ángel expulsado ya había encontrado refugio en las ardientes calderas del subsuelo.
- Pero, ¿qué te sucede?
- No quiero ser un ángel, quiero tener sexo.
- Pero los ángeles no tienen sexo, ¿no lo sabías?
- Sí, por eso no quiero ser más un ángel.
Sucede que el ángel conocía a los animales y añoraba un comportamiento similar en el mundo de los cielos. Los humanos, por ejemplo, se acoplaban como piezas de un puzzle, y parecían felices. Dios era injusto con los ángeles.
Tanto lloró y suplicó que Dios se apiadó de él. Le proporcionó sexo, advirtiéndole de los peligros que ello suponía. Tendría que superar tentaciones de todo tipo para seguir practicando el amor de Dios por encima de los bienes terrenales.
Pero el resto de ángeles comenzó a envidiar al ángel con sexo. Tanto le envidiaban, que le tendieron una trampa, y le contaron a Dios que el ángel con sexo había dejado de creer en Él.
Y Dios prestó atención a estas triquiñuelas, y lo expulsó.
Unos años más tarde, el ángel expulsado ya había encontrado refugio en las ardientes calderas del subsuelo.
viernes, 24 de septiembre de 2004
Input / Output
Al principio eran como dos pequeñas pecas en el centro del pecho. Habían surgido allí de repente, una mañana. Eran como dos ojos que miraran directamente desde una situación privilegiada, junto al corazón.
Pero era más que eso. Las dos manchas en la piel comenzaron a hacerse más y más profundas, hasta convertirse en dos agujeros que parecían taladrar la tráquea. Y, sin embargo, no sentía ningún dolor.
Aquel hombre, gris y pusilánime, comenzó a saberse especial. Comenzó a pasar horas enteras ante el espejo observándose los agujeros. Los acariciaba, su tacto era grato.
Finalmente, comprendió que todo ha de tener una utilidad. Su profundidad y la distancia entre uno y otro le dieron la clave. Fue a la cocina, tomó la batidora y se la enchufó en el pecho.
Funcionaba.
Pero era más que eso. Las dos manchas en la piel comenzaron a hacerse más y más profundas, hasta convertirse en dos agujeros que parecían taladrar la tráquea. Y, sin embargo, no sentía ningún dolor.
Aquel hombre, gris y pusilánime, comenzó a saberse especial. Comenzó a pasar horas enteras ante el espejo observándose los agujeros. Los acariciaba, su tacto era grato.
Finalmente, comprendió que todo ha de tener una utilidad. Su profundidad y la distancia entre uno y otro le dieron la clave. Fue a la cocina, tomó la batidora y se la enchufó en el pecho.
Funcionaba.
miércoles, 22 de septiembre de 2004
Castillos de arena
El castillo hacía equilibrismos sobre la cima de la escarpada montaña. Así había sido siempre, así lo recordaban todos, hasta los ancianos que, centenarios, narraban a modo de cuentacuentos extrañas historias y leyendas fantásticas sobre aquellos que habitaron entre sus muros.
El aspecto actual del castillo era desolador. Abandonado hacía años, ahora sólo servía como morada para las ratas y otras alimañas nocturnas que se sentían a sus anchas en sus rincones oscuros, lóbregos y expuestos a la humedad.
El perfil de sus almenas se dibujaba sobre los cielos. Era imposible imaginar aquel paisaje sin su conjunto de rocas milenarias.
Hasta que un día decidieron derribar el castillo y construir un hotel. Turismo rural, lo llamaban algunos, mientras otros lo definían como especulación sin escrúpulos.
El caso es que, según contaban décadas más tarde los ancianos que entonces eran adultos, y los adultos que entonces eran jóvenes, cuando las excavadoras se aproximaban a iniciar su obra destructiva un rayo cayó sobre la torre más alta derribando el castillo en su totalidad, y el cerro sobre el que se encaramaba.
Los hay tan orgullosos que prefieren vencerse antes que ser vencidos.
El aspecto actual del castillo era desolador. Abandonado hacía años, ahora sólo servía como morada para las ratas y otras alimañas nocturnas que se sentían a sus anchas en sus rincones oscuros, lóbregos y expuestos a la humedad.
El perfil de sus almenas se dibujaba sobre los cielos. Era imposible imaginar aquel paisaje sin su conjunto de rocas milenarias.
Hasta que un día decidieron derribar el castillo y construir un hotel. Turismo rural, lo llamaban algunos, mientras otros lo definían como especulación sin escrúpulos.
El caso es que, según contaban décadas más tarde los ancianos que entonces eran adultos, y los adultos que entonces eran jóvenes, cuando las excavadoras se aproximaban a iniciar su obra destructiva un rayo cayó sobre la torre más alta derribando el castillo en su totalidad, y el cerro sobre el que se encaramaba.
Los hay tan orgullosos que prefieren vencerse antes que ser vencidos.
lunes, 20 de septiembre de 2004
No digas que fue un sueño
Ulises abrió los ojos a un nuevo día.
Había derrotado al ejército troyano, soportado tempestades, esquivado los enormes monolitos lanzados por los cíclopes, resistido heroicamente los atrayentes cantos de las sirenas, departido con las amazonas mientras sus hombres se convertían en cerdos, atravesado el estrecho que Escila y Caridbis guardaban celosamente con sus poderosos soplos.
Aún parecía estar abrazando a Telémaco, expulsando de su palacio a los irreverentes pretendientes que obligaban a Penélope a tejer eternamente, recuperando su lugar perdido.
No hay nada como el hogar.
Ulises abrió los ojos a un nuevo día. Era temprano. Oyó las arengas de sus compañeros en los ejércitos aqueos. Entonces recordó que se encontraba en el vientre del caballo de madera que presidía el ágora de la soberana ciudad de Troya.
- Vaya, no te vas a imaginar lo que he soñado - le comentaba a Ayax mientras descendía por las escaleras camino del enfrentamieto final.
Había derrotado al ejército troyano, soportado tempestades, esquivado los enormes monolitos lanzados por los cíclopes, resistido heroicamente los atrayentes cantos de las sirenas, departido con las amazonas mientras sus hombres se convertían en cerdos, atravesado el estrecho que Escila y Caridbis guardaban celosamente con sus poderosos soplos.
Aún parecía estar abrazando a Telémaco, expulsando de su palacio a los irreverentes pretendientes que obligaban a Penélope a tejer eternamente, recuperando su lugar perdido.
No hay nada como el hogar.
Ulises abrió los ojos a un nuevo día. Era temprano. Oyó las arengas de sus compañeros en los ejércitos aqueos. Entonces recordó que se encontraba en el vientre del caballo de madera que presidía el ágora de la soberana ciudad de Troya.
- Vaya, no te vas a imaginar lo que he soñado - le comentaba a Ayax mientras descendía por las escaleras camino del enfrentamieto final.
sábado, 18 de septiembre de 2004
Ingeniería genética
Hoy me apetecía mezclar mi ADN con el de un erizo.
ADN a la carta, la ingeniería genética entra en los hogares.
Así podría pasear por los campos, y cruzar las carreteras descuidadamente, olisqueando por aquí y por allá Dios sabe qué. También podría protegerme cuando presintiera una situación peligrosa. Entonces me enrollaría como una bola y extendería amenazante todo mi arsenal de púas.
Probablemente la sociedad no me aceptaría. La sociedad es así, temerosa y huidiza ante aquello que se muestra diferente. Con toda seguridad evitarían darme palmetazos en la espalda, a causa de las púas. Tampoco creo que les gustara atropellarme en una carretera secundaria. Mi cuerpo quedaría sobre el arcén, deshaciéndose hasta desaparecer.
Aunque, si consigo que todos mezclen su ADN con el de un erizo, entonces ya no habrá diferencias, y todos me aceptarían. Si todos somos iguales, como clones, todo está bien, ¿no?
¿Por qué no mezcláis vuestro ADN con el de un erizo?
ADN a la carta, la ingeniería genética entra en los hogares.
Así podría pasear por los campos, y cruzar las carreteras descuidadamente, olisqueando por aquí y por allá Dios sabe qué. También podría protegerme cuando presintiera una situación peligrosa. Entonces me enrollaría como una bola y extendería amenazante todo mi arsenal de púas.
Probablemente la sociedad no me aceptaría. La sociedad es así, temerosa y huidiza ante aquello que se muestra diferente. Con toda seguridad evitarían darme palmetazos en la espalda, a causa de las púas. Tampoco creo que les gustara atropellarme en una carretera secundaria. Mi cuerpo quedaría sobre el arcén, deshaciéndose hasta desaparecer.
Aunque, si consigo que todos mezclen su ADN con el de un erizo, entonces ya no habrá diferencias, y todos me aceptarían. Si todos somos iguales, como clones, todo está bien, ¿no?
¿Por qué no mezcláis vuestro ADN con el de un erizo?
jueves, 16 de septiembre de 2004
Sin piedad
Un pequeño dragón camina por el techo de mi habitación. Se desplaza cabeza abajo, asiéndose con sus poderosas garras a la blanda escayola. Yo lo observo tumbado sobre mi cama, sumido en una especie de placentera duermevela.
El dragón se pasea con calma mientras toma pipas de girasol. Las tuesta con su aliento de fuego y hace muecas por el sabor de la sal. Distraído, no se da cuenta de que el efecto de la gravedad hace que muchas de estas semillas caigan irremisiblemente y se desparramen por el suelo. Algunas de ellas me caen sobre la cara, dificultando mi sueño.
¡Pobre tierno dragón!
Ante la posibilidad de que el bebé de animal mitológico se quede sin su preciado paquete de pipas de girasol, me decido a recogerlo. Aproximo una silla y me subo sobre ella. Cuando extiendo los brazos hacia él, se revuelve furioso y me quema la yema de los dedos con un bufido ardiente.
Ahora sí que no podré dormir. Mientras se me ampollan los dedos, las pipas continúan cayendo...
El dragón se pasea con calma mientras toma pipas de girasol. Las tuesta con su aliento de fuego y hace muecas por el sabor de la sal. Distraído, no se da cuenta de que el efecto de la gravedad hace que muchas de estas semillas caigan irremisiblemente y se desparramen por el suelo. Algunas de ellas me caen sobre la cara, dificultando mi sueño.
¡Pobre tierno dragón!
Ante la posibilidad de que el bebé de animal mitológico se quede sin su preciado paquete de pipas de girasol, me decido a recogerlo. Aproximo una silla y me subo sobre ella. Cuando extiendo los brazos hacia él, se revuelve furioso y me quema la yema de los dedos con un bufido ardiente.
Ahora sí que no podré dormir. Mientras se me ampollan los dedos, las pipas continúan cayendo...
martes, 14 de septiembre de 2004
Las anécdotas del navegante
Suceden tantas cosas cuando te mueves de acá para allá que el mundo se convierte en una fábrica de anécdotas. Tan sólo hay que saber ser un buen narrador, y todos se maravillarán ante tus proezas, ante tus aventuras. Con los ojos muy abiertos exclamarán en tono de alabanza, deseando haber sido quien nunca se atreverían a ser.
Cuestión de retórica. Incluso si no te mueves. Ya se encargará el viento de transportarte. Lo importante no es dónde estés, ni cuándo, ni cómo, sino cómo sepas contarlo.
Si lo haces bien, dominarás al resto.
Cuestión de retórica. Incluso si no te mueves. Ya se encargará el viento de transportarte. Lo importante no es dónde estés, ni cuándo, ni cómo, sino cómo sepas contarlo.
Si lo haces bien, dominarás al resto.
domingo, 12 de septiembre de 2004
Necrópolis
El paraíso en la tierra.
Comienza la gran fiesta de la vida eterna. Enciendan las hogueras, preparen los fuegos artificiales y comiencen a servir los aperitivos.
El ambiente es agradable. De los mausoleos surgen, en traje de noche, las damas más distinguidas. El servicio ofrece tragos de vermut bellamente decorados.
Nunca tantas cosas en común, nunca tanta confraternidad.
En los cipreses que marcan el sendero ululan las lechuzas, felices por poder participar en una reunión que durará todos los tiempos mientras el sol se siga poniendo.
Al amanecer, todos los invitados se retirarán, momentáneamente, a sus aposentos.
¡Qué difícil es entrar en clubes tan selectos! Hay que ser especial. Hay listas de espera que asemejan una condena. Hay quien lleva esperando varias décadas y un día.
Memento mori.
Comienza la gran fiesta de la vida eterna. Enciendan las hogueras, preparen los fuegos artificiales y comiencen a servir los aperitivos.
El ambiente es agradable. De los mausoleos surgen, en traje de noche, las damas más distinguidas. El servicio ofrece tragos de vermut bellamente decorados.
Nunca tantas cosas en común, nunca tanta confraternidad.
En los cipreses que marcan el sendero ululan las lechuzas, felices por poder participar en una reunión que durará todos los tiempos mientras el sol se siga poniendo.
Al amanecer, todos los invitados se retirarán, momentáneamente, a sus aposentos.
¡Qué difícil es entrar en clubes tan selectos! Hay que ser especial. Hay listas de espera que asemejan una condena. Hay quien lleva esperando varias décadas y un día.
Memento mori.
jueves, 9 de septiembre de 2004
Psicología inversa
El señor Skinner se enfundó su traje de buzo y se sumergió con decisión. Un hombre-rana, un anfibio antropomorfo explorando las profundidades de la psique humana.
Pero la función del explorador es peligrosa, y el océano de la mente es tumultuoso como la base de un tifón. Especies irreconocidas, fenómenos inclasificables y un insondable y oscuro fondo marino llevaban al señor Skinner a preguntarse para qué habían servido treinta años de psicología experimental y de exposición de teorías.
Las actitudes humanas no actúan siguiendo clasificaciones. Éstas sólo sirven, a posteriori, para explicar los fenómenos conocidos. Pero el océano es tan vasto...
Cuando Skinner salió de nuevo a la superficie, jadeante, agotado, se encontró con un grupo de perros que, hambrientos, gruñían con fiereza. Sus glándulas salivales se excitaban al oír el sonido de una campanilla...
Pero la función del explorador es peligrosa, y el océano de la mente es tumultuoso como la base de un tifón. Especies irreconocidas, fenómenos inclasificables y un insondable y oscuro fondo marino llevaban al señor Skinner a preguntarse para qué habían servido treinta años de psicología experimental y de exposición de teorías.
Las actitudes humanas no actúan siguiendo clasificaciones. Éstas sólo sirven, a posteriori, para explicar los fenómenos conocidos. Pero el océano es tan vasto...
Cuando Skinner salió de nuevo a la superficie, jadeante, agotado, se encontró con un grupo de perros que, hambrientos, gruñían con fiereza. Sus glándulas salivales se excitaban al oír el sonido de una campanilla...
martes, 7 de septiembre de 2004
La soledad estelar
El explorador viaja solo sobre el lomo de una estrella. Bueno, solo no. Le acompaña una cucaracha, aunque la única vez que consiguió verla, ésta se asustó y corriendo, con sus rapidas patitas, se introdujo en una rendija y desapareció.
Ahora se la oye por las noches, "¡cras, cras!", pero no se atreve a salir porque se sabe descubierta. En el fondo, es como un niño pequeño, tras recibir una buena educación sus problemas de conducta se resolverán.
La estrella en realidad es una galaxia. Una galaxia monoestelar, y todo lo que le rodea se aleja a una velocidad creciente. Cuando esta velocidad sea tan, tan elevada que supere le velocidad de la luz, entonces nada podrá ser visto, y el explorador llorará desconsolado el hecho de que se encuentra solo en el universo.
Bueno, solo no.
"¡Cras, cras!"
Ahora se la oye por las noches, "¡cras, cras!", pero no se atreve a salir porque se sabe descubierta. En el fondo, es como un niño pequeño, tras recibir una buena educación sus problemas de conducta se resolverán.
La estrella en realidad es una galaxia. Una galaxia monoestelar, y todo lo que le rodea se aleja a una velocidad creciente. Cuando esta velocidad sea tan, tan elevada que supere le velocidad de la luz, entonces nada podrá ser visto, y el explorador llorará desconsolado el hecho de que se encuentra solo en el universo.
Bueno, solo no.
"¡Cras, cras!"
domingo, 5 de septiembre de 2004
El ascensor
Máquina despiadada creada por el genio maligno para extender el sufrimiento humano. Cultivo de las peores pesadillas, fuente de inspiración privilegiada para Stephen King.
Sauna recalentada, campo de pruebas de la termodinámica contemporánea, hervidero de la sopa primordial, caldera burbujeante alrededor de la cual giran extáticos decenas de antropófagos, Babel incompleta, jaula de grillos, puertas que se abren para que por ellas salgan los murciélagos, espejos bidimensionales que franquean la entrada a universos paralelos.
No quiero mirarme. No puedo evitarlo.
1, 2, 3, 4, 5, 6... y una carita sonriente que anuncia la llegada al destino previsto. ¿Ya he llegado? ¿Era ésta la meta? Y a partir de ahora... ¿qué?
"Gracias por utilizar nuestros servicios". Siempre es un placer encontrarse con amasijos de cables y conexiones electrónicas de exquisita educación.
Sauna recalentada, campo de pruebas de la termodinámica contemporánea, hervidero de la sopa primordial, caldera burbujeante alrededor de la cual giran extáticos decenas de antropófagos, Babel incompleta, jaula de grillos, puertas que se abren para que por ellas salgan los murciélagos, espejos bidimensionales que franquean la entrada a universos paralelos.
No quiero mirarme. No puedo evitarlo.
1, 2, 3, 4, 5, 6... y una carita sonriente que anuncia la llegada al destino previsto. ¿Ya he llegado? ¿Era ésta la meta? Y a partir de ahora... ¿qué?
"Gracias por utilizar nuestros servicios". Siempre es un placer encontrarse con amasijos de cables y conexiones electrónicas de exquisita educación.
sábado, 4 de septiembre de 2004
El día que visité el Valhala
Aparecí allí de forma repentina. Lo más probable es que hubiera sido muerto durante un combate en mi existencia terrenal.
No es difícil aclimatarse, el Valhala es un lugar acogedor. Me ofrecieron una copa de hidromiel a la que, por supuesto, no renuncié. Mientras mi paladar se deleitaba con el dulce néctar, mi ojos contemplaban con disfrute enfrentamientos entre Valquirias traídas por Odín expresamente para la ocasión. Thor reía a carcajadas, y lanzaba sus rayos a la multitud.
Hasta que llegó la hora de demostrar que merecía estar allí. El descanso del guerrero es efímero, y ante mí se elevaba el enorme Sigfred, dispuesto a arrancarme la cabeza con su espada.
Y debió hacerlo. Sí, debió hacerlo porque amanecí nuevamente a la vida terrenal. Algún día volveré al Valhala, y me ganaré el favor de los dioses.
Entre tanto, mi preocupación consiste en encontrar sujeción para mi decapitada extremidad superior.
No es difícil aclimatarse, el Valhala es un lugar acogedor. Me ofrecieron una copa de hidromiel a la que, por supuesto, no renuncié. Mientras mi paladar se deleitaba con el dulce néctar, mi ojos contemplaban con disfrute enfrentamientos entre Valquirias traídas por Odín expresamente para la ocasión. Thor reía a carcajadas, y lanzaba sus rayos a la multitud.
Hasta que llegó la hora de demostrar que merecía estar allí. El descanso del guerrero es efímero, y ante mí se elevaba el enorme Sigfred, dispuesto a arrancarme la cabeza con su espada.
Y debió hacerlo. Sí, debió hacerlo porque amanecí nuevamente a la vida terrenal. Algún día volveré al Valhala, y me ganaré el favor de los dioses.
Entre tanto, mi preocupación consiste en encontrar sujeción para mi decapitada extremidad superior.
jueves, 2 de septiembre de 2004
La cueva
Estalactitas y estalagmitas. Difícil mantenerse en pie entre tanta irregularidad. El entorno te invita a gatear como un lactante. Una helada corriente de aire congelaría las arterias de cualquier ser vivo inadaptado. Sólo los más preparados podrán sobrevivir.
En tales condiciones fueron explorados los primeros metros de la extensa galería subterránea. Nadie por aquí, nadie por allá. Parece que sólo los murciélagos han sido capaces de encontrar la entrada. O quizá han nacido ya aquí.
Generación espontánea. La cueva es un mundo para quien no ha salido de ella.
Creo que me la quedo. Sacaré tímidamente la cabeza, cada cierto tiempo, para saludar al sol.
En tales condiciones fueron explorados los primeros metros de la extensa galería subterránea. Nadie por aquí, nadie por allá. Parece que sólo los murciélagos han sido capaces de encontrar la entrada. O quizá han nacido ya aquí.
Generación espontánea. La cueva es un mundo para quien no ha salido de ella.
Creo que me la quedo. Sacaré tímidamente la cabeza, cada cierto tiempo, para saludar al sol.