Hubo una vez un ángel que estaba triste. Observaba al resto de ángeles, a los querubines y demás corte celestial, y lloraba. Uno de los arcángeles se le dirigió:
- Pero, ¿qué te sucede?
- No quiero ser un ángel, quiero tener sexo.
- Pero los ángeles no tienen sexo, ¿no lo sabías?
- Sí, por eso no quiero ser más un ángel.
Sucede que el ángel conocía a los animales y añoraba un comportamiento similar en el mundo de los cielos. Los humanos, por ejemplo, se acoplaban como piezas de un puzzle, y parecían felices. Dios era injusto con los ángeles.
Tanto lloró y suplicó que Dios se apiadó de él. Le proporcionó sexo, advirtiéndole de los peligros que ello suponía. Tendría que superar tentaciones de todo tipo para seguir practicando el amor de Dios por encima de los bienes terrenales.
Pero el resto de ángeles comenzó a envidiar al ángel con sexo. Tanto le envidiaban, que le tendieron una trampa, y le contaron a Dios que el ángel con sexo había dejado de creer en Él.
Y Dios prestó atención a estas triquiñuelas, y lo expulsó.
Unos años más tarde, el ángel expulsado ya había encontrado refugio en las ardientes calderas del subsuelo.
lunes, 27 de septiembre de 2004