lunes, 20 de septiembre de 2004

No digas que fue un sueño

Ulises abrió los ojos a un nuevo día.
Había derrotado al ejército troyano, soportado tempestades, esquivado los enormes monolitos lanzados por los cíclopes, resistido heroicamente los atrayentes cantos de las sirenas, departido con las amazonas mientras sus hombres se convertían en cerdos, atravesado el estrecho que Escila y Caridbis guardaban celosamente con sus poderosos soplos.
Aún parecía estar abrazando a Telémaco, expulsando de su palacio a los irreverentes pretendientes que obligaban a Penélope a tejer eternamente, recuperando su lugar perdido.
No hay nada como el hogar.
Ulises abrió los ojos a un nuevo día. Era temprano. Oyó las arengas de sus compañeros en los ejércitos aqueos. Entonces recordó que se encontraba en el vientre del caballo de madera que presidía el ágora de la soberana ciudad de Troya.
- Vaya, no te vas a imaginar lo que he soñado - le comentaba a Ayax mientras descendía por las escaleras camino del enfrentamieto final.