jueves, 16 de septiembre de 2004

Sin piedad

Un pequeño dragón camina por el techo de mi habitación. Se desplaza cabeza abajo, asiéndose con sus poderosas garras a la blanda escayola. Yo lo observo tumbado sobre mi cama, sumido en una especie de placentera duermevela.
El dragón se pasea con calma mientras toma pipas de girasol. Las tuesta con su aliento de fuego y hace muecas por el sabor de la sal. Distraído, no se da cuenta de que el efecto de la gravedad hace que muchas de estas semillas caigan irremisiblemente y se desparramen por el suelo. Algunas de ellas me caen sobre la cara, dificultando mi sueño.
¡Pobre tierno dragón!
Ante la posibilidad de que el bebé de animal mitológico se quede sin su preciado paquete de pipas de girasol, me decido a recogerlo. Aproximo una silla y me subo sobre ella. Cuando extiendo los brazos hacia él, se revuelve furioso y me quema la yema de los dedos con un bufido ardiente.
Ahora sí que no podré dormir. Mientras se me ampollan los dedos, las pipas continúan cayendo...