Todavía no he aprendido a respirar bien. La cosa iba de inspirar, espirar, inspirar, espirar, ¿no?
O expirar.
Una serie de almas en pena se me han subido a los hombros. Su compañía es hasta cierto punto grata, me cuentan sus historias y me aconsejan, no hagas esto, no hagas lo otro, mira como hemos terminado nosotras... Sin embargo, su peso es demasiado para mi frágil constitución, y la espalda comienza a dolerme.
Voy a dejar de hablarme con mis almas en pena por unos días, a ver si así me abandonan, aunque, para ser sincero, lo veo complicado, sobre todo cuando observo las miríadas que me suben por las piernas.
viernes, 29 de octubre de 2004
martes, 26 de octubre de 2004
Don de lenguas
La mañana en que recibió el anónimo comprendió que había olvidado su lengua materna. Aquella sucesión de signos, aquellas letras de especial textura, recortadas de revistas con tipología, color y tamaño diferenciado era, indudablemente, la lengua que un día habló.
¿Se trataba de una amenaza? Improbable. ¿De una declaración de amor, quizás? Imposible en los tiempos que corren.
¿Y si le preguntaba al vecino? No, por dos razones: la primera, la posibilidad de que el propio vecino fuera el autor del anónimo (ya sabes, cuando las barbas de tu vecino veas...); la segunda, el horror que le produciría comprobar que no sólo había olvidado leer, sino también hablar la lengua que en su día dominó a la perfección.
Esa fue la causa de que se encerrara en su habitación y comenzara a inventar lenguas, lenguas de todo tipo, lenguas analíticas, sintéticas, declinativas, deconstructivas, de apariencia semítica o céltica, defectivas o mágicas.
Cuando terminó, tenía tantas armas que mandar anónimos a diestro y siniestro sería un juego de niños.
¿Se trataba de una amenaza? Improbable. ¿De una declaración de amor, quizás? Imposible en los tiempos que corren.
¿Y si le preguntaba al vecino? No, por dos razones: la primera, la posibilidad de que el propio vecino fuera el autor del anónimo (ya sabes, cuando las barbas de tu vecino veas...); la segunda, el horror que le produciría comprobar que no sólo había olvidado leer, sino también hablar la lengua que en su día dominó a la perfección.
Esa fue la causa de que se encerrara en su habitación y comenzara a inventar lenguas, lenguas de todo tipo, lenguas analíticas, sintéticas, declinativas, deconstructivas, de apariencia semítica o céltica, defectivas o mágicas.
Cuando terminó, tenía tantas armas que mandar anónimos a diestro y siniestro sería un juego de niños.
sábado, 23 de octubre de 2004
Sobre ciencias y porvenir
La humanidad es tan ambiciosa que cree a pies juntillas en la progresión indefinida, indeterminada y eterna de la ciencia y la técnica.
La ciencia es la nueva religión predominante, y los avances tecnológicos desmesurados son sus profetas sobre la faz de la tierra, venidos para traer a los hombres con su palabra el bienestar y la felicidad que siempre han deseado y merecido.
Pero hay avances tan inútiles como los falsos profetas, e inventos tan peligrosos como el Arca de la Alianza. Y el ser humano piensa en clave de "yo", de modo que su único objetivo es hacer de la ciencia un Dios para poder decir: "yo he creado a Dios".
Puede pensarse que el continuo progreso lleva a la perfección... o puede pensarse que el ascenso continuo llevará a un punto en el que ya no habrá retorno, y nos encontraremos en la cima, con un abismo por delante y un desierto yermo a nuestras espaldas.
En la cima, sí, pero solos ante el insondable futuro.
Y eso da vértigo, ¿no?
La ciencia es la nueva religión predominante, y los avances tecnológicos desmesurados son sus profetas sobre la faz de la tierra, venidos para traer a los hombres con su palabra el bienestar y la felicidad que siempre han deseado y merecido.
Pero hay avances tan inútiles como los falsos profetas, e inventos tan peligrosos como el Arca de la Alianza. Y el ser humano piensa en clave de "yo", de modo que su único objetivo es hacer de la ciencia un Dios para poder decir: "yo he creado a Dios".
Puede pensarse que el continuo progreso lleva a la perfección... o puede pensarse que el ascenso continuo llevará a un punto en el que ya no habrá retorno, y nos encontraremos en la cima, con un abismo por delante y un desierto yermo a nuestras espaldas.
En la cima, sí, pero solos ante el insondable futuro.
Y eso da vértigo, ¿no?
jueves, 21 de octubre de 2004
Creta
El minotauro había vencido. A sus pies yacía Teseo, sangrando e inconsciente, probablemente muerto. Al minotauro no le agradaban los cadáveres, de hecho se había convertido en vegetariano para evitar la visión de la sangre. Sin embargo, en aquella ocasión había actuado en defensa propia.
¿Cómo osó Teseo irrumpir en su morada de esa manera? ¿Por qué intentó matarlo cuando él no le había provocado? ¡Qué salvajes estos humanos! Por eso había tenido que clavarle una de sus astas en el corazón.
Teseo llevaba un hilo atado a su cintura. Era largo, y se perdía más allá del pasillo donde había tenido lugar el combate. El minotauro comenzó a seguirlo, recorriendo hacia atrás el camino que había traído a Teseo a su presencia.
Cuando llegó al final, encontró a una chica.
- ¿Cómo te llamas?
- Ariadna -contestó ella.
Era guapa. Y en sus ojos el minotauro detectó un brillo especial, como de enamorada.
¿Cómo osó Teseo irrumpir en su morada de esa manera? ¿Por qué intentó matarlo cuando él no le había provocado? ¡Qué salvajes estos humanos! Por eso había tenido que clavarle una de sus astas en el corazón.
Teseo llevaba un hilo atado a su cintura. Era largo, y se perdía más allá del pasillo donde había tenido lugar el combate. El minotauro comenzó a seguirlo, recorriendo hacia atrás el camino que había traído a Teseo a su presencia.
Cuando llegó al final, encontró a una chica.
- ¿Cómo te llamas?
- Ariadna -contestó ella.
Era guapa. Y en sus ojos el minotauro detectó un brillo especial, como de enamorada.
martes, 19 de octubre de 2004
Animal Farm
Avanzo a lomos de un león que trata de asustarme con sus rugidos hambrientos. El camino que recorro no es polvoriendo, ni asfaltado, sino rugoso como el dorso de una serpiente infinita.
Una pequeña víbora autoestopista me invita a parar a recogerla. Sostiene una joven urraca sobre sus hombros, signo que me hace desconfiar, por lo que atizo al león para que continúe su marcha.
Seguro que la urraca ha comenzado a hablar mal de mí. Siempre lo hacen.
Me adelanta una tortuga que persigue una libélula juguetona. El coleóptero transita a baja altura, provocando al galápago.
Miro al león, que comienza a enfadarse. En el suelo las hormigas y en el cielo los buitres piensan en el festín del que disfrutarán a mi cuenta.
Me arrodillo y rezo como una mantis.
Una pequeña víbora autoestopista me invita a parar a recogerla. Sostiene una joven urraca sobre sus hombros, signo que me hace desconfiar, por lo que atizo al león para que continúe su marcha.
Seguro que la urraca ha comenzado a hablar mal de mí. Siempre lo hacen.
Me adelanta una tortuga que persigue una libélula juguetona. El coleóptero transita a baja altura, provocando al galápago.
Miro al león, que comienza a enfadarse. En el suelo las hormigas y en el cielo los buitres piensan en el festín del que disfrutarán a mi cuenta.
Me arrodillo y rezo como una mantis.
domingo, 17 de octubre de 2004
Tiempo de milagros
Hubo un tiempo en el que los hombres creían en los milagros.
Ayer conocí a un profeta de la nueva era. Difícil trabajo el suyo. Me contó cómo predicaba su doctrina por las ciudades, hasta que los políticos locales y los periódicos que éstos controlaban comenzaron a tacharlo de farsante y a extender sobre él la lacra de la injuria.
Le brillaban los ojos cuando recordaba cómo las empresas bodegueras y las distribuidoras le denunciaron por haber convertido una cisterna de agua mineral en vino de gran calidad, o cómo la sanidad privada había obligado al gobierno a abrir una investigación sobre sus constantes y gratuitas sanaciones de enfermos.
Una vez resucitó a un muerto, y tuvo que pasar tres noches en la cárcel por una querella presentada por las funerarias, que veían perjudicados sus intereses. Decidió abandonar, abrió en canal los mares y anduvo sobre ellos, para ofensa de Greenpeace, que consideraba alterado el hábitat natural de las especies submarinas costeras, y de los bañistas y guardia costera, que lo detuvieron por escándalo público.
Ahora se sentaba por las tardes en un parque, a dar de comer a los patos. Cuando muriera y volviera a la vida, ya no sería persona física para Hacienda, ni estaría en los registros, entonces todo sería más fácil.
Hubo un tiempo en el que los hombres creían en los milagros. Ese tiempo ya pasó.
Ayer conocí a un profeta de la nueva era. Difícil trabajo el suyo. Me contó cómo predicaba su doctrina por las ciudades, hasta que los políticos locales y los periódicos que éstos controlaban comenzaron a tacharlo de farsante y a extender sobre él la lacra de la injuria.
Le brillaban los ojos cuando recordaba cómo las empresas bodegueras y las distribuidoras le denunciaron por haber convertido una cisterna de agua mineral en vino de gran calidad, o cómo la sanidad privada había obligado al gobierno a abrir una investigación sobre sus constantes y gratuitas sanaciones de enfermos.
Una vez resucitó a un muerto, y tuvo que pasar tres noches en la cárcel por una querella presentada por las funerarias, que veían perjudicados sus intereses. Decidió abandonar, abrió en canal los mares y anduvo sobre ellos, para ofensa de Greenpeace, que consideraba alterado el hábitat natural de las especies submarinas costeras, y de los bañistas y guardia costera, que lo detuvieron por escándalo público.
Ahora se sentaba por las tardes en un parque, a dar de comer a los patos. Cuando muriera y volviera a la vida, ya no sería persona física para Hacienda, ni estaría en los registros, entonces todo sería más fácil.
Hubo un tiempo en el que los hombres creían en los milagros. Ese tiempo ya pasó.
viernes, 15 de octubre de 2004
Dudas razonables
Ya no es cuestión de preguntarse quiénes somos, de dónde venimos o adónde vamos, sobre todo cuando sabemos que no lo vamos a saber nunca.
La cuestión ahora es tan simple como intentar saber por qué inspiramos después de espirar, o por qué nuestros párpados se abren y se cierran involuntariamente. Si ni siquiera nos controlamos a nosotros mismos, ¿cómo vamos a controlar el mundo que nos rodea?
Me aterra la idea de que el pelo y las uñas me seguirán creciendo, aún después de muerto. Me aterra y me fascina. La vida que lucha por perpetuarse, como la célula que se reproduce, como el agua que se evapora, podrían entenderse como muestras de tesón verdaderamente loables.
Lástima que sean sistemáticas, mecánicas, irracionales.
Fusionarse con el todo no es un consuelo, porque no es una opción.
La cuestión ahora es tan simple como intentar saber por qué inspiramos después de espirar, o por qué nuestros párpados se abren y se cierran involuntariamente. Si ni siquiera nos controlamos a nosotros mismos, ¿cómo vamos a controlar el mundo que nos rodea?
Me aterra la idea de que el pelo y las uñas me seguirán creciendo, aún después de muerto. Me aterra y me fascina. La vida que lucha por perpetuarse, como la célula que se reproduce, como el agua que se evapora, podrían entenderse como muestras de tesón verdaderamente loables.
Lástima que sean sistemáticas, mecánicas, irracionales.
Fusionarse con el todo no es un consuelo, porque no es una opción.
miércoles, 13 de octubre de 2004
Minutos musicales
¡Qué sugerente melodía! ¡Qué prodigio de la construcción armónica!
Las notas se sucedían con una naturalidad que invitaba a la reflexión. Unas tras otras, parecían flotar ante los ojos del prisionero corcheas, semicorcheas, blancas, redondas y fusas, agitándose como en un juego infantil. Los silencios, los compases y las claves marcaban la pauta de este pentagrama virtual.
¿Por qué le habían puesto música clásica? ¿Qué tipo de placentera tortura era ésta?
El prisionero no podía dejar de preguntárselo, mientras la sinfonía continuaba masajeando sus oídos. ¿Era Mahler, tal vez Wagner? No, no, era definitivamente Mahler.
Ya asomaban los últimos acordes, el gran final se acercaba. ¡Qué placer volver a saborear los dones de la buena música!
Cuando la pieza acabó, el prisionero suspiró en éxtasis. Un segundo de pausa, y vuelta a empezar. Misma obra, mismo orden, mismo volumen.
Tres días después, los minutos musicales se habían vuelto casi un centenar de interminables horas.
Tres meses más tarde,el prisionero suplicaba, entre los chillidos de los violines y el graznido de las tubas, que acabaran con su vida.
Las notas se sucedían con una naturalidad que invitaba a la reflexión. Unas tras otras, parecían flotar ante los ojos del prisionero corcheas, semicorcheas, blancas, redondas y fusas, agitándose como en un juego infantil. Los silencios, los compases y las claves marcaban la pauta de este pentagrama virtual.
¿Por qué le habían puesto música clásica? ¿Qué tipo de placentera tortura era ésta?
El prisionero no podía dejar de preguntárselo, mientras la sinfonía continuaba masajeando sus oídos. ¿Era Mahler, tal vez Wagner? No, no, era definitivamente Mahler.
Ya asomaban los últimos acordes, el gran final se acercaba. ¡Qué placer volver a saborear los dones de la buena música!
Cuando la pieza acabó, el prisionero suspiró en éxtasis. Un segundo de pausa, y vuelta a empezar. Misma obra, mismo orden, mismo volumen.
Tres días después, los minutos musicales se habían vuelto casi un centenar de interminables horas.
Tres meses más tarde,el prisionero suplicaba, entre los chillidos de los violines y el graznido de las tubas, que acabaran con su vida.
domingo, 10 de octubre de 2004
En brazos de Morfeo
Ahí va mi último sueño, para satisfacción de Freud y otros modelos interpretativos.
"Me hallo sobre la cama en una habitación en penumbra. En las paredes cuelgan un par de espadas cruzadas y un grabado del siglo XVI. Entra un tipo que viste una camisa manchada de musgo. No lo conozco, pero anda evidentemente sonámbulo. De forma inconsciente me suelta una perorata sobre el futuro del mundo empresarial y las posibilidades de inversión, y mientras tanto agarra una de las espadas y trata de clavármela en un botón rojo que tengo dibujado en el pecho.
Acude entonces un Caballero Templario, con su armadura completa, adornada como remate por una Cruz del Temple que cuelga de su cuello y un Baphomet sonriente agarrado al yelmo. Éste me defiende y expulsa al tipo sucio. Para calmar mi comprensible ansiedad, me ofrece una taza de té, un pan de ajo y un puro habano.
Pero el té está demasiado caliente, el puro está roto en dos pedazos y el pan de ajo comienza de repente a hablar, a recitar una serie de expresiones repetitivas que me sacan de quicio. Yo sólo quiero un vaso de agua.
Pasa por allí un camarero y le pido con educación que me proporcione el preciado líquido, pero no me atiende, se ríe y se va.
Empiezo a llamarle, cada vez en voz más alta, hasta que comienzo a gritar.
Entonces me despierto."
Y por cierto, ¿es mi cara la que aparece impresa en los billetes de 5?
"Me hallo sobre la cama en una habitación en penumbra. En las paredes cuelgan un par de espadas cruzadas y un grabado del siglo XVI. Entra un tipo que viste una camisa manchada de musgo. No lo conozco, pero anda evidentemente sonámbulo. De forma inconsciente me suelta una perorata sobre el futuro del mundo empresarial y las posibilidades de inversión, y mientras tanto agarra una de las espadas y trata de clavármela en un botón rojo que tengo dibujado en el pecho.
Acude entonces un Caballero Templario, con su armadura completa, adornada como remate por una Cruz del Temple que cuelga de su cuello y un Baphomet sonriente agarrado al yelmo. Éste me defiende y expulsa al tipo sucio. Para calmar mi comprensible ansiedad, me ofrece una taza de té, un pan de ajo y un puro habano.
Pero el té está demasiado caliente, el puro está roto en dos pedazos y el pan de ajo comienza de repente a hablar, a recitar una serie de expresiones repetitivas que me sacan de quicio. Yo sólo quiero un vaso de agua.
Pasa por allí un camarero y le pido con educación que me proporcione el preciado líquido, pero no me atiende, se ríe y se va.
Empiezo a llamarle, cada vez en voz más alta, hasta que comienzo a gritar.
Entonces me despierto."
Y por cierto, ¿es mi cara la que aparece impresa en los billetes de 5?
jueves, 7 de octubre de 2004
El corro de la patata
Cuando la saqué de la bolsa era como todas las demás, sin diferencias aparentes. Una patata lista para pelar.
Sin embargo, cuando la hoja del afilado cuchillo rozó su sensible piel ella me miró con ojos de cordero degollado, ojos que suplicaban clemencia. No pude comenzar a cortar, soy así de fácil de convencer, pero no estaba dispuesto a sucumbir a los encantos de un tubérculo.
La arrojé, con piel y todo, al aceite hirviendo. Era una acción desesperada, justificada como se justifican los asesinatos en tiempos de guerra. Ella comenzó a chillar, un chillido tan agudo, tan fuerte y prolongado que reventó el horno microondas.
Y sentí compasión. La saqué de la sartén, la limpié y le cuidé las heridas. Ahora sólo espero que algún día pueda perdonarme.
Sin embargo, cuando la hoja del afilado cuchillo rozó su sensible piel ella me miró con ojos de cordero degollado, ojos que suplicaban clemencia. No pude comenzar a cortar, soy así de fácil de convencer, pero no estaba dispuesto a sucumbir a los encantos de un tubérculo.
La arrojé, con piel y todo, al aceite hirviendo. Era una acción desesperada, justificada como se justifican los asesinatos en tiempos de guerra. Ella comenzó a chillar, un chillido tan agudo, tan fuerte y prolongado que reventó el horno microondas.
Y sentí compasión. La saqué de la sartén, la limpié y le cuidé las heridas. Ahora sólo espero que algún día pueda perdonarme.
martes, 5 de octubre de 2004
Ubi sunt?
¿Dónde están mis alter egos? Los he estado buscando y no los encuentro. Creo que se han perdido. He mirado en mis bolsillos, donde sólo he encontrado inservibles monedas de cobre. También en mi sóleo, que aún no me duele.
Traté de mirar en mi garganta, pero lo hice con tanto afán que de ella salió disparado un tren cargado de bolas de algodón que chocó frontalmente contra la bombona de butano. Afortunadamente, tanto yo como las bolas de algodón salimos ilesos del accidente.
De modo que, en resumidas cuentas, sigo sin encontrar a mi alter ego. Se apodera de mí una sensación parecida a la que experimenta el artista incomprendido, tan incomprendido que ni él mismo se comprende.
Qué importa. El público es sólo el receptor, tan voluble como el gas radón. La obra de arte es un acto de amor hacia sí mismo. ¿Narcisismo, pues? ¿Masturbación?
Traté de mirar en mi garganta, pero lo hice con tanto afán que de ella salió disparado un tren cargado de bolas de algodón que chocó frontalmente contra la bombona de butano. Afortunadamente, tanto yo como las bolas de algodón salimos ilesos del accidente.
De modo que, en resumidas cuentas, sigo sin encontrar a mi alter ego. Se apodera de mí una sensación parecida a la que experimenta el artista incomprendido, tan incomprendido que ni él mismo se comprende.
Qué importa. El público es sólo el receptor, tan voluble como el gas radón. La obra de arte es un acto de amor hacia sí mismo. ¿Narcisismo, pues? ¿Masturbación?
sábado, 2 de octubre de 2004
A vista de pájaro
Los globos oculares son, en realidad, universos. ¿No lo sabíais? Si miráis atentamente a las pupilas de alguien, podréis comprobar como brillan, allá, sobre fondo negro, una inmensidad de estrellas.
Seguro que nuestro universo también se encuentra en el globo ocular de un ser gigantesco. Quizá ni ese mismo ser es consciente de ello.
Pues sucede que en mi globo ocular, en el universo que en él se creó hace infinitos evos, a estallado una estrella, tan enorme, con tal cantidad de materia y luz, que su destrucción ha creado un agujero negro.
El agujero negro ha comenzado a absorber toda la luz, la materia y la energía circundante. Todo está desapareciendo, el interior de mis pupilas se está convirtiendo en antimateria.
Para empeorar la situación, el agujero negro se ha extendido más allá de los límites de su universo, y ha comenzado a absorber la luz del exterior, la que yo recibo a través de mis ojos. Esta mañana he absorbido mi cama, mis escaleras y un vaso de agua que quería tomar. Incluso he absorbido al portero de mi edificio, que ha desaparecido dejando una mancha oscura en su lugar. Si sigo así, devoraré mi mundo como un universófago voraz.
Voy a mirarme al espejo. Me absorberé a mi mismo. No quiero ser testigo del apocalipsis.
Seguro que nuestro universo también se encuentra en el globo ocular de un ser gigantesco. Quizá ni ese mismo ser es consciente de ello.
Pues sucede que en mi globo ocular, en el universo que en él se creó hace infinitos evos, a estallado una estrella, tan enorme, con tal cantidad de materia y luz, que su destrucción ha creado un agujero negro.
El agujero negro ha comenzado a absorber toda la luz, la materia y la energía circundante. Todo está desapareciendo, el interior de mis pupilas se está convirtiendo en antimateria.
Para empeorar la situación, el agujero negro se ha extendido más allá de los límites de su universo, y ha comenzado a absorber la luz del exterior, la que yo recibo a través de mis ojos. Esta mañana he absorbido mi cama, mis escaleras y un vaso de agua que quería tomar. Incluso he absorbido al portero de mi edificio, que ha desaparecido dejando una mancha oscura en su lugar. Si sigo así, devoraré mi mundo como un universófago voraz.
Voy a mirarme al espejo. Me absorberé a mi mismo. No quiero ser testigo del apocalipsis.