Avanzo a lomos de un león que trata de asustarme con sus rugidos hambrientos. El camino que recorro no es polvoriendo, ni asfaltado, sino rugoso como el dorso de una serpiente infinita.
Una pequeña víbora autoestopista me invita a parar a recogerla. Sostiene una joven urraca sobre sus hombros, signo que me hace desconfiar, por lo que atizo al león para que continúe su marcha.
Seguro que la urraca ha comenzado a hablar mal de mí. Siempre lo hacen.
Me adelanta una tortuga que persigue una libélula juguetona. El coleóptero transita a baja altura, provocando al galápago.
Miro al león, que comienza a enfadarse. En el suelo las hormigas y en el cielo los buitres piensan en el festín del que disfrutarán a mi cuenta.
Me arrodillo y rezo como una mantis.
martes, 19 de octubre de 2004