Ya no es cuestión de preguntarse quiénes somos, de dónde venimos o adónde vamos, sobre todo cuando sabemos que no lo vamos a saber nunca.
La cuestión ahora es tan simple como intentar saber por qué inspiramos después de espirar, o por qué nuestros párpados se abren y se cierran involuntariamente. Si ni siquiera nos controlamos a nosotros mismos, ¿cómo vamos a controlar el mundo que nos rodea?
Me aterra la idea de que el pelo y las uñas me seguirán creciendo, aún después de muerto. Me aterra y me fascina. La vida que lucha por perpetuarse, como la célula que se reproduce, como el agua que se evapora, podrían entenderse como muestras de tesón verdaderamente loables.
Lástima que sean sistemáticas, mecánicas, irracionales.
Fusionarse con el todo no es un consuelo, porque no es una opción.
viernes, 15 de octubre de 2004