Cuando la saqué de la bolsa era como todas las demás, sin diferencias aparentes. Una patata lista para pelar.
Sin embargo, cuando la hoja del afilado cuchillo rozó su sensible piel ella me miró con ojos de cordero degollado, ojos que suplicaban clemencia. No pude comenzar a cortar, soy así de fácil de convencer, pero no estaba dispuesto a sucumbir a los encantos de un tubérculo.
La arrojé, con piel y todo, al aceite hirviendo. Era una acción desesperada, justificada como se justifican los asesinatos en tiempos de guerra. Ella comenzó a chillar, un chillido tan agudo, tan fuerte y prolongado que reventó el horno microondas.
Y sentí compasión. La saqué de la sartén, la limpié y le cuidé las heridas. Ahora sólo espero que algún día pueda perdonarme.
jueves, 7 de octubre de 2004