miércoles, 13 de octubre de 2004

Minutos musicales

¡Qué sugerente melodía! ¡Qué prodigio de la construcción armónica!
Las notas se sucedían con una naturalidad que invitaba a la reflexión. Unas tras otras, parecían flotar ante los ojos del prisionero corcheas, semicorcheas, blancas, redondas y fusas, agitándose como en un juego infantil. Los silencios, los compases y las claves marcaban la pauta de este pentagrama virtual.
¿Por qué le habían puesto música clásica? ¿Qué tipo de placentera tortura era ésta?
El prisionero no podía dejar de preguntárselo, mientras la sinfonía continuaba masajeando sus oídos. ¿Era Mahler, tal vez Wagner? No, no, era definitivamente Mahler.
Ya asomaban los últimos acordes, el gran final se acercaba. ¡Qué placer volver a saborear los dones de la buena música!
Cuando la pieza acabó, el prisionero suspiró en éxtasis. Un segundo de pausa, y vuelta a empezar. Misma obra, mismo orden, mismo volumen.
Tres días después, los minutos musicales se habían vuelto casi un centenar de interminables horas.
Tres meses más tarde,el prisionero suplicaba, entre los chillidos de los violines y el graznido de las tubas, que acabaran con su vida.