Hubo un tiempo en el que los hombres creían en los milagros.
Ayer conocí a un profeta de la nueva era. Difícil trabajo el suyo. Me contó cómo predicaba su doctrina por las ciudades, hasta que los políticos locales y los periódicos que éstos controlaban comenzaron a tacharlo de farsante y a extender sobre él la lacra de la injuria.
Le brillaban los ojos cuando recordaba cómo las empresas bodegueras y las distribuidoras le denunciaron por haber convertido una cisterna de agua mineral en vino de gran calidad, o cómo la sanidad privada había obligado al gobierno a abrir una investigación sobre sus constantes y gratuitas sanaciones de enfermos.
Una vez resucitó a un muerto, y tuvo que pasar tres noches en la cárcel por una querella presentada por las funerarias, que veían perjudicados sus intereses. Decidió abandonar, abrió en canal los mares y anduvo sobre ellos, para ofensa de Greenpeace, que consideraba alterado el hábitat natural de las especies submarinas costeras, y de los bañistas y guardia costera, que lo detuvieron por escándalo público.
Ahora se sentaba por las tardes en un parque, a dar de comer a los patos. Cuando muriera y volviera a la vida, ya no sería persona física para Hacienda, ni estaría en los registros, entonces todo sería más fácil.
Hubo un tiempo en el que los hombres creían en los milagros. Ese tiempo ya pasó.
domingo, 17 de octubre de 2004