Voy al supermercado a comprar alas. Las hay de todo tipo, y a buen precio. Alas de plumón, de algodón, de finos tejidos importados de oriente. Ofertas irrenunciables de alas de cucaracha.
Me miro los hombros, y los brazos. ¿Me quedarán bien éstas? Voy al probador. Son alas de mariposa, tan frágiles y efímeras que sólo permitirían vuelos a baja altura, insuficientes para mis altas pretensiones. No las quiero, definitivamente.
Cuando vuelvo al expositor, una pandilla de ángeles ha comprado todas las alas disponibles. Maldita sea. Las existencias se han agotado.
¿Qué hago? ¿Me quedo con las de mariposa o sigo esperando la gran oportunidad para las rebajas de enero?
viernes, 5 de noviembre de 2004