Hubo un arquitecto que decidió dejar de serlo. Había construido tantos adosados que su cabeza comenzaba a cuadrarse. Agarró sus instrumentos, sus planos y sus concepciones espaciales y los vendió. A cambio, se hizo con un cayado y un rebaño y se dedicó al pastoreo.
Mientras el ganado pacía con parsimonia de condenado, el nuevo pastor recordaba su vida anterior, tocaba la flauta y respiraba el aire puro y sin prisas que flotaba sobre los campos. Dormía su siesta bajo un árbol, y al anochecer regresaba a su modesta cabaña para dormir en una paz que hasta entonces le había sido desconocida.
Allí, entre el rumor de los riachuelos y las puestas de sol, revivió cien veces. Allí se hizo tan grande como nunca hubiera llegado a serlo de otra forma.
Varios años después, aquel pastor se haría célebre por ser el primero en construir una pirámide, réplica exacta de la de Kefrén, situando una oveja sobre otra. La lana de éstas proporcionaba calor a los pasillos interiores y una cómoda suavidad a sus paredes. Creó un Taj Mahal con ramas de higuera y todo un complejo polideportivo con las pulimentadas piedras fluviales.
El camino que llevaba al monte estaba flanqueado por adornadas columnas de madera de cayado, de estilo corintio.
Quien revive cien veces tiene tiempo para construir su propio mundo. Quien sólo vive una vez, difícilmente llega a alquilar el de otros.
domingo, 14 de noviembre de 2004