Es un pasillo largo, interminable, y tan estrecho como el ojo de una aguja. Por él camina nuestro hombre, a ratos se desplaza corriendo, a ratos tiene que agacharse y avanzar de rodillas debido a la falta de espacio.
Al fondo se observa una luz. No es demasiado brillante, más bien se trata de una penumbra tenue, pero la esperanza lo convierte en un resplandor cegador. Hace ya tiempo que está ahí, lustros, milenios, eras enteras, siempre a la misma distancia, siempre con la misma llamada a la salvación.
El hombre comienza a perder la paciencia. Se cansa y, en un arrebato de ira, comienza a arrojar con fuerza contra la pared unas monedas que ha encontrado en su bolsillo. Es un acto inútil, es consciente de ello, pero el desahogo le resulta placentero.
Decide contar hasta mil quinientos mientras reinicia su camino hacia la luz. Seguro que antes de llegar a esa cifra ocurre algo. Cuando contaba ovejitas, de pequeño, nunca llegaba a mil, siempre se apoderaba de él antes el sueño.
Camina y cuenta, uno, dos, tres... camina y sigue contando, veinte, veintiuno, veintidós...
Cuando llega al número cinco mil, observa la luz, que sigue igual de lejos. Se desespera, pero ya no le quedan monedas en el bolsillo. Quiere llorar, pero sería inútil como todo lo que ha hecho hasta ahora.
Se tira al suelo y resuelve pensar en alguna otra cosa. Por ejemplo, en por qué se olvidó de dotar al pasillo de su casa de una salida de emergencia.
viernes, 12 de noviembre de 2004