La esencia de una superficie esférica es su infinitud. Mientras la recta ha de tener un principio y un final, la curva puede girar sobre sí misma, torciendo y retorciendo cuantas veces haga falta.
Por eso aquel libro tenía tantos visos de ser extraordinario. En un libro infinito habría tiempo y espacio suficientes para reflejar los secretos más inefables, las verdades más deslumbrantes y los razonamientos más contundentes.
El libro comenzó a enrollarse sobre sí mismo, las líneas se superponían, unas sobre otras, como las pieles de una cebolla. Esto dificultaba su lectura hasta llegar a convertir su saber en una cuestión de transcripción.
Varias generaciones más tarde, cuando el libro era ya tan extenso como diez galaxias, su líneas seguían procreándose. Los que leyeron las primeras líneas ya no las recordaban, y los que acudían a leer las líneas más recientes no las comprendían sin tener las informaciones primigenias.
El contenido del libro comenzó a convertirse en leyenda.
¿Y su autor? Desconocido. Hay quien comentaba que se encontraba en el centro de la esfera, apresado por sus propios pensamientos, sin tener forma de salir y condenado a escribir una obra incomprendida para toda la eternidad.
viernes, 19 de noviembre de 2004