Un niño juega en un jardín. No tiene más de cuatro años, y se dedica a alterar con una pala y un rastrillo la agradable placidez de un cajón de arena.
Se acerca un gato. En un principio con cierto temor, después con mayor confianza. Cuando roza con su pelaje la pierna desnuda del bebé, éste se revuelve y le clava el rastrillo en el lomo.
El gato huye entre maullidos de dolor, no sin antes arañar ligeramente a su agresor. La herida sangra, el niño llora.
En otro punto del universo, unos relojes comienzan a derretirse por el calor que emana del núcleo incandescente de un planeta que gira alrededor de una estrella en Casiopea.
Y sólo unos pocos, los elegidos, los afortunados, han percibido la evidente relación causa-efecto que existe entre ambos hechos.
sábado, 27 de noviembre de 2004