Al principio fue una cefalea, un tambor cerebral que zumbaba, y crecía, y seguía hasta que la frágil estructura ósea craneal comenzó a quebrarse.
Se rompió como el ave que rompe el cascarón, como bajo el efecto de un cascanueces. Entonces surgió la idea, primero mirando a un lado y otro con timidez, más tarde moviéndose torpemente con la inexperiencia del recién nacido.
Cuando el creador cayó al suelo descerebrado y descraneado, la idea se desplomó con él y se quedó inmóvil sobre el suelo.
Fue en ese momento cuando apareció la cigüena, la recogió, la envolvió con ternura en unos trapos y la dejó dulcemente en el portal de alguien que la cuidaría, la educaría como si fuera suya, se convertiría en su protector, y todos le aplaudirían por ello.
Porque existen dos clases de personas, los que dan a luz nuevas ideas, y los que las adoptan como suyas.
Los primeros mendigan en el anonimato; los segundos no pueden acaparar tantos vítores.
miércoles, 22 de diciembre de 2004