Esquizofrenia epistolar, podríamos llamarla.
Escribes una carta, divertida, atractiva, y la mandas por correo a tu propia dirección. Cuando la carta te llegue, la lees entre sorprendido y expectante, y descubres que tienes un nuevo amigo, alguien anónimo que te escribe, te cuenta sus secretos, te escucha, y además tiene cantidad de cosas en común contigo. ¿Qué más puedes pedir? ¡Amigos a la carta!
La amistad se puede ir fortaleciendo. Creas dos direcciones de correo electrónico y os intercambiáis emails, chateas contigo mismo, te mandas mensajes al móvil, incluso llamas a la radio y a la tele para saludarte: "¿Puedo saludar? Saludo a mi nuevo gran amigo xxx...". Y xxx se convierte inmediatamente en la persona más feliz del mundo.
Con el tiempo, llega la hora de intimar. Quedas en una cafetería, nervios, dudas, pero finalmente ahí llegas, al mismo tiempo que tú. La conversación es plácida y agradable y quedas para repetir. Sales a pasear, a tomar unas copas, a ligar, a pasarlo bien. Todo es perfecto.
Hasta que la amistad comienza a enfriarse. Ya nada es igual. Necesitas estar solo, no te apetece ver a nadie. Sin embargo, cuando hablas, le escuchas a él, cuando te miras al espejo, allí está él, quien no deja de enviarte cartas y mensajes al móvil.
Tratas de gritar, pero es su voz la que oyes.
Te arrepientes de todo.
jueves, 9 de diciembre de 2004