Zutano se vio de repente poseído por la fiebre del afán de protagonismo.
Descubrió que se había cansado, que no iba a aguantar ni un minuto más a la sombra de esos engreídos de Fulano y Mengano. ¿Quiénes se habían creído que eran?
Nunca más volverían a mirarlo por encima del hombro, con la soberbia propia de aquellos que se saben superiores. Nunca más.
Llegaría a ser conocido, famoso como Fulano. Era desconsolador comprobar que nadie lo conocía. Incluso los niños, tan crueles como fauces de león, se metían con él y le llamaban "Butano", como si tuviera algo que ver.
Y el camino más directo a la fama pasaba, lógicamente, por eliminar a quienes se le oponían. Así que Zutano urdió con precisión un plan perfecto para acabar con sus dos compañeros.
Era un plan tan perfecto que terminó por funcionar. Y Fulano y Mengano se desvanecieron como partículas de polvo arrastradas por el viento.
Y Zutano también comenzó a desaparecer, porque Zutano no es nada sin Fulano y sin Mengano.
Cuando Zutano se quiso dar cuenta, ya era demasiado tarde. Triste vida, la suya.
jueves, 16 de diciembre de 2004