martes, 30 de noviembre de 2004

La sociedad se hastía

La sociedad se hastía y baja los brazos.
Los individuos, un día cualquiera, abren los ojos y comprueban que sus ilusiones se han convertido en una pesada carga, que sus principios son más una gruesa piedra arrastrada cuesta arriba que una bandera hecha ondear con orgullo.
Entonces se dedican a odiar al sistema, a odiar al prójimo, a odiarse a sí mismos, a odiar en silencio. Un ejército de personajes de Houellebecq que se extiende como una plaga bíblica, tan situados económicamente como cansados de vivir.
Estamos conquistando, algunos de los míos ya son tenientes.
¿Y los que no consiguen el triunfo reputado de la estabilidad económica? Ésos se cambian de ejército, por ejemplo al de los personajes de Bukowski, que también se encuentra altamente demandado.

sábado, 27 de noviembre de 2004

La casa de muñecas

Un niño juega en un jardín. No tiene más de cuatro años, y se dedica a alterar con una pala y un rastrillo la agradable placidez de un cajón de arena.
Se acerca un gato. En un principio con cierto temor, después con mayor confianza. Cuando roza con su pelaje la pierna desnuda del bebé, éste se revuelve y le clava el rastrillo en el lomo.
El gato huye entre maullidos de dolor, no sin antes arañar ligeramente a su agresor. La herida sangra, el niño llora.
En otro punto del universo, unos relojes comienzan a derretirse por el calor que emana del núcleo incandescente de un planeta que gira alrededor de una estrella en Casiopea.
Y sólo unos pocos, los elegidos, los afortunados, han percibido la evidente relación causa-efecto que existe entre ambos hechos.

jueves, 25 de noviembre de 2004

Fauna exótica

Habitan las praderas del norte de la India. Una tribu semidesconocida para el mundo y tan temida por las supersticiones como célebre entre sus vecinos por una característica destacada: caminan de espaldas.
Cuentan que su fundador, el brahmán Karish, decidió que ninguna palabra volviera a salir de sus labios, tan cansado estaba de las mentiras e injurias que por análoga abertura proferían los demás.
Así que decidió dejar de usar su boca, y tapar sus labios alargando sus bigotes tanto como fuera posible. Tras cuarenta años, los bigotes eran tan desmesuradamente largos que le dificultaban el paso, se le enredaban entre los pies, se dejaban pisar. Fue por eso por lo que decidió Karish caminar de espaldas.
Sus seguidores le imitaron sin dudar. Esa forma de desplazarse tenía sus ventajas. El viento no le molestaba en los ojos, y nadie podría apuñalarle por la espalda mientras él huía, siempre mirando hacia atrás.
Esta forma de vida se convirtió en un arte, en una capacidad que con trabajo y práctica se desarrolla de forma natural, como el comer o el dormir.
Para otros, sin embargo, es temible. Y es que los ojos son el espejo del alma, por eso produce inquietud observar una nuca acercándose...

martes, 23 de noviembre de 2004

Incertidumbre

Unos minutos de incertidumbre. Sólo unos minutos. Lo suficiente para comprobar que el destino no está en nuestras manos.
Unos gritos a tu alrededor, unos que ríen, otros que lloran.
Me apetece desertar del determinismo, no me satisface.
Sólo en momentos como éste puede comprenderse la razón por la que los dioses se aburren. Cuando todo se sabe, cuando no hay sorpresa, la vida se convierte en una ecuación matemática. Pero la poesía crece en húmedos rincones ocultos, entre dos piedras, allá donde dos más dos no suman cuatro.
¿Qué pasará mañana?
Improvisemos, que la improvisación es bella como un amanecer.
Mañana amanecerá, ¿no?

domingo, 21 de noviembre de 2004

Epitaphe

Hay ciertas personas que se levantan cada mañana con los ojos abiertos.
Personas que caminan sin saber adónde, que todavía no saben lo que les va a suceder dos minutos más tarde.
Esas personas se sienten miembros de una minoría tan selecta que, a veces, se constituye con un solo componente.
Son personas que han podido ver en el mundo un resquicio de poesía escudriñando tras las densas cortinas de la ultraviolencia.
Para esas personas, la vida es un caligrama que llevan tatuado a fuego en la frente.
Y el caligrama es tan bello que no dudarían en ponérselo a sí mismas como epitafio.

viernes, 19 de noviembre de 2004

El libro esférico

La esencia de una superficie esférica es su infinitud. Mientras la recta ha de tener un principio y un final, la curva puede girar sobre sí misma, torciendo y retorciendo cuantas veces haga falta.
Por eso aquel libro tenía tantos visos de ser extraordinario. En un libro infinito habría tiempo y espacio suficientes para reflejar los secretos más inefables, las verdades más deslumbrantes y los razonamientos más contundentes.
El libro comenzó a enrollarse sobre sí mismo, las líneas se superponían, unas sobre otras, como las pieles de una cebolla. Esto dificultaba su lectura hasta llegar a convertir su saber en una cuestión de transcripción.
Varias generaciones más tarde, cuando el libro era ya tan extenso como diez galaxias, su líneas seguían procreándose. Los que leyeron las primeras líneas ya no las recordaban, y los que acudían a leer las líneas más recientes no las comprendían sin tener las informaciones primigenias.
El contenido del libro comenzó a convertirse en leyenda.
¿Y su autor? Desconocido. Hay quien comentaba que se encontraba en el centro de la esfera, apresado por sus propios pensamientos, sin tener forma de salir y condenado a escribir una obra incomprendida para toda la eternidad.

miércoles, 17 de noviembre de 2004

Bedienungsanleitungen

Busco el acceso al arte de la secundariedad. ¿Cómo llegar a ser un secundario influyente? Hay personas que tienen una capacidad innata para ser poderosas sin ser destacadas, de modo que disfrutan de todas las ventajas del poder y ninguno de sus inconvenientes.
He pedido un kit de secundariedad. Cómo ser un buen secundario. Sin embargo, el libro de instrucciones es tan complejo que le haría falta otro libro de instrucciones para comprenderlo. Las metainstrucciones de uso.
Además, creo que todo está en japonés, porque sólo veo dibujitos por un lado y por otro.
La próxima vez que venga el cartero, si se digna a escucharme, le devolveré el paquete recibido. No es que quiera llamar la atención, preferiría ser un personaje secundario en toda esta historia, pero a veces hay que lanzarse. Vencer o morir.

domingo, 14 de noviembre de 2004

Cien veces

Hubo un arquitecto que decidió dejar de serlo. Había construido tantos adosados que su cabeza comenzaba a cuadrarse. Agarró sus instrumentos, sus planos y sus concepciones espaciales y los vendió. A cambio, se hizo con un cayado y un rebaño y se dedicó al pastoreo.
Mientras el ganado pacía con parsimonia de condenado, el nuevo pastor recordaba su vida anterior, tocaba la flauta y respiraba el aire puro y sin prisas que flotaba sobre los campos. Dormía su siesta bajo un árbol, y al anochecer regresaba a su modesta cabaña para dormir en una paz que hasta entonces le había sido desconocida.
Allí, entre el rumor de los riachuelos y las puestas de sol, revivió cien veces. Allí se hizo tan grande como nunca hubiera llegado a serlo de otra forma.
Varios años después, aquel pastor se haría célebre por ser el primero en construir una pirámide, réplica exacta de la de Kefrén, situando una oveja sobre otra. La lana de éstas proporcionaba calor a los pasillos interiores y una cómoda suavidad a sus paredes. Creó un Taj Mahal con ramas de higuera y todo un complejo polideportivo con las pulimentadas piedras fluviales.
El camino que llevaba al monte estaba flanqueado por adornadas columnas de madera de cayado, de estilo corintio.
Quien revive cien veces tiene tiempo para construir su propio mundo. Quien sólo vive una vez, difícilmente llega a alquilar el de otros.

viernes, 12 de noviembre de 2004

El hombre intranquilo

Es un pasillo largo, interminable, y tan estrecho como el ojo de una aguja. Por él camina nuestro hombre, a ratos se desplaza corriendo, a ratos tiene que agacharse y avanzar de rodillas debido a la falta de espacio.
Al fondo se observa una luz. No es demasiado brillante, más bien se trata de una penumbra tenue, pero la esperanza lo convierte en un resplandor cegador. Hace ya tiempo que está ahí, lustros, milenios, eras enteras, siempre a la misma distancia, siempre con la misma llamada a la salvación.
El hombre comienza a perder la paciencia. Se cansa y, en un arrebato de ira, comienza a arrojar con fuerza contra la pared unas monedas que ha encontrado en su bolsillo. Es un acto inútil, es consciente de ello, pero el desahogo le resulta placentero.
Decide contar hasta mil quinientos mientras reinicia su camino hacia la luz. Seguro que antes de llegar a esa cifra ocurre algo. Cuando contaba ovejitas, de pequeño, nunca llegaba a mil, siempre se apoderaba de él antes el sueño.
Camina y cuenta, uno, dos, tres... camina y sigue contando, veinte, veintiuno, veintidós...
Cuando llega al número cinco mil, observa la luz, que sigue igual de lejos. Se desespera, pero ya no le quedan monedas en el bolsillo. Quiere llorar, pero sería inútil como todo lo que ha hecho hasta ahora.
Se tira al suelo y resuelve pensar en alguna otra cosa. Por ejemplo, en por qué se olvidó de dotar al pasillo de su casa de una salida de emergencia.

martes, 9 de noviembre de 2004

7:05 AM

A estas horas el mundo está poblado por androides preprogramados. Todos se mueven en un orden fijo, deambulando según los dictados de sus sistemas de datos. Cualquier cambio en el entorno provocaría un colapso inmediato capaz de hacer saltar todos los engranajes del sistema.
Y en el centro, yo.
Yo intentando sobrevivir, yo con las muñecas atadas, con la libertad coartada por la dictadura del despertador.
La imaginación es libertad, libertad para vivir otras vidas, otros mundos, para ser otras personas, y la mejor forma de imaginar comienza por cerrar los ojos a la realidad.
Cerrar los ojos, ¿comprenden?
Si cerrar los ojos es necesario para ser libre... ¿quién me obliga a abrirlos indefectiblemente a las 7:05 AM?
Exijo la devolución de mi libertad, la reducción de mi condena, o me veré obligado a escapar.

domingo, 7 de noviembre de 2004

El mundo a mis pies

He encontrado un mundo detrás de la puerta de mi sala de estar, en el interior de una mota de polvo.
Es brillante, y produce reflejos de carmesí metalizado. Sus habitantes son tan diminutos que en ellos no cabe la maldad. Cuando se han percatado de mi presencia, me han confundido con su Dios.
¡Qué blasfemia!, ¿no?
Les he tratado de convencer de que no, que soy mortal como ellos, que todo es cuestión de tamaño, pero el tiempo pasa tan rápido por los niveles subatómicos que les parezco inconfundiblemente eterno.
Me siento presionado. No quiero soportar las miradas admirativas y los cantos de alabanza de los millones de seres que pueblan mi mota de polvo. Me inventaré un castigo divino y pasaré la escoba de una vez y para siempre.

viernes, 5 de noviembre de 2004

Alas de mariposa

Voy al supermercado a comprar alas. Las hay de todo tipo, y a buen precio. Alas de plumón, de algodón, de finos tejidos importados de oriente. Ofertas irrenunciables de alas de cucaracha.
Me miro los hombros, y los brazos. ¿Me quedarán bien éstas? Voy al probador. Son alas de mariposa, tan frágiles y efímeras que sólo permitirían vuelos a baja altura, insuficientes para mis altas pretensiones. No las quiero, definitivamente.
Cuando vuelvo al expositor, una pandilla de ángeles ha comprado todas las alas disponibles. Maldita sea. Las existencias se han agotado.
¿Qué hago? ¿Me quedo con las de mariposa o sigo esperando la gran oportunidad para las rebajas de enero?

miércoles, 3 de noviembre de 2004

Mímesis

La inspiración llamó a su puerta, pero no esperó a que le abrieran, sino que penetró como una marabunta, como un huracán incontrolable arrasando con todo lo que encontraba a su paso.
Todos los pensamientos anteriores quedaron reducidos a escombros, a restos irreconocibles de lo que fue y no volvería a ser nunca, de aquello que existió antes de la renovación completa, de la originalidad magistral.
Nadie había nunca recibido un don de tal calibre, y en eso precisamente radicaba su valor.
Nada es tan valioso como un pensamiento original.
Lástima que sean tan escasos, y tan difíciles de encontrar como una piedra preciosa en un vertedero.

lunes, 1 de noviembre de 2004

Noche de difuntos en el fondo de una nevera II o Quiero ser una maruja

"Quiero ser una maruja" - comentó Rogelio. En sus ojos brillaban las ardientes llamas del deseo. "Quiero ser una maruja, y vivir en un patio de vecinos. Quiero ser una maruja en un pequeño pueblo, salir a la calle sin quitarme los rulos y dormir con los tacones puestos, cerrar el pestillo de mi habitación cuando los niños insolentes lancen petardos y las tracas explosionen delante de mi casa. Quiero, sí, quiero ser una maruja para bajar cada mañana a recoger castañas, de ésas de Clase A tipo Golden, ésas que no tienen gusanos y que yo sólo sé reconocer."
Todos aprobaron las ilusiones del joven músico, y brindaron por su felicidad con sidra, y comieron turrón de chocolate.
Tras las despedidas, el Caballero de Izar tomó una Nube Kingdom y subió a la cima de una colina cercana. Allí se quedó dormido hasta que se congeló la nariz y la garganta se le rasgó en finas tiras irreconciliables. Mientras dormía parecía como muerto, tal vez crionizado.

Noche de difuntos en el fondo de una nevera I o El Caballero de Izar

En el camino de regreso a casa, el Caballero de Izar de cruzó con una bella doncella. Al preguntarle su nombre, ella respondió que era Betty Mármol, y continuó diciendo que su marido, Pablo, se encontraba en casa preparando unas deliciosas croquetas. Invitó a comer al Caballero, y éste aceptó gustoso.
Otros dos comensales completaban la mesa. Uno de ellos era un músico austríaco, que llevaba la cara pintada de blanco y una cruz invertida tatuada en el centro de la frente. Dijo llamarse Johan Chrysostomus Wolfangus Theophilus, nombre tan complejo que el Caballero decidió llamarle, desde aquel momento, Rogelio. El segundo comensal era una especie de animal mitológico con cabeza de jabalí y piel de oso. Vestía una extraña túnica color violeta, de donde el Caballero dedujo que debía ser versado en las artes mágicas.
Tras la comida, el jabalí se ofreció a deleitar a los presentes con un pasodoble a capella a ritmo de tres por cuatro, pero hubo de deternerse cuando un diminuto mechero color fucsia chillón que llevaba en el bolsillo de su chaqueta comenzó a llamarle con gritos de verdulera. Momentos después el Caballero se percató de que no se trataba de un mechero, sino de un teléfono móvil que sonaba. El jabalí se retiró a contestar la llamada, y fue entonces cuando Rogelio tomó las riendas y, mientras tañía dulcemente un arpa, hizo a los restantes partícipes de su objetivo en la vida.