Un cuadro impresionista muestra un caballero con bombín mientras atraviesa un puente. Bajo el puente, un plácido riachuelo refleja los tintes amarillos y anaranjados de las últimas horas de la tarde. Al otro lado, en un bulevar paralelo al río, en un café, espera una muchacha.
Cuando el caballero llega a la terraza saluda a la joven, y se da cuenta de que ésta se ha inyectado purpurina en los ojos, probablemente para percibir un futuro brillante. El caballero solicita la presencia del camarero, I don't have coffee, I have tea, my dear.
A lo lejos una flauta de caña susurra una escala musical.
Tras una agradabilísima velada, el caballero regresa a casa y se retira a sus aposentos. Sobre su cama un bulto extraño denota la presencia de alguien inesperado, desconocido y que, en cualquier caso, no debería estar allí. Se siente como Ricitos de Oro, pero tiene tanto miedo que sólo puede farfullar unas educadas buenas noches y tumbarse junto al bulto, de espaldas a él.
Las flautas siguen murmurando escalas musicales, esta vez en su cabeza. Las flautas son traverseras, y las escalas pentatónicas, y el bulto parece que comienza a girarse.
martes, 4 de enero de 2005