Creer esto, creer lo otro, creer que el mundo puede ser como queremos que sea, creer que los demás van a moverse entre los límites de la coherencia.
Todo es, en última instancia, una creencia. Sin creencia no existe opinión reflexiva, y sin opiniones no existes para nadie. Los muebles no opinan, las piedras no opinan, los muertos no opinan.
Por eso parece necesario creer en algo. Ego credo, dice el hombre. La vida es, en conclusión, una cuestión de fe.
La ausencia de fe lleva al nihilismo. Si no crees en nada, ¿cómo puedes distinguir lo que es verdadero y bueno de lo que no lo es? Incluso el nihilismo, contradictorio desde su propio origen, requiere un acto de fe.
Pero yo perdí la fe hace ya tanto tiempo que no sé si ahora soy la persona más independiente (la que no elige entre las opciones que le imponen), si sólo soy una mota de polvo que vuela movida por el viento (dejo que los demás crean por mí), o si por casualidad estoy muerto (pienso que no creo, cuando en realidad ni pienso).
Por cierto, ¿qué opción elegiría el sabio? (Pito, pito, gorgorito...).
jueves, 27 de enero de 2005