domingo, 16 de enero de 2005

V o F

Se preguntaba Miguel de Unamuno si existíamos realmente, si todo lo que nos rodeaba estaba ahí de verdad, si estas teclas que pulso, este tío que a mi izquierda mira absorto una pantalla, esta desagradable música ambiental son objetos materiales o si, por el contrario, no son más que productos de mi imaginación, en cuyo caso sería esquizofrénico (no lo descarto), o de la imaginación de otro, posibilidad ésta infinitamente más excitante.
Reflexionaba Unamuno de forma casi obsesiva sobre la posibilidad de que nuestra existencia fuera ficticia, onírica, de que no fuéramos más que un sueño de Dios. Supongan que éste se echa a dormir, sueña que crea un mundo, que lo desarrolla, que en él viven criaturas a las que llama hombres, que juega con ellas. ¿Qué pasa al final? Dios se despierta y el mundo se esfuma. Sobrecogedor, ¿verdad?
Tras toda una vida dedicada al pensamiento, Unamuno murió sin encontrar su ansiada respuesta. Tal vez habrá que seguir su mismo camino, pero mirando atentamente a izquierda y derecha en busca de una salida, de un carril oculto que lleve a la verdad y no conduzca a un callejón sin salida.
Así que caminemos. Pero despacito, no vaya a ser que se nos pase también a nosotros la salida correcta, y sin hacer mucho ruido, no vayamos a despertar a Dios...