Sí, no se equivoquen, yo lo sé porque acabo de llegar de allí. He tardado tres horas y media en cruzarlo, tal vez por no tener los suficientes óbolos para pagar a Caronte.
Pero no está en las profundidades, ojo. Dante se equivocó al hablar del descenso a los infiernos, pues éstos se encuentran en las cumbres más altas, y son, efectivamente, de un blanco inmaculado, y mullidos como la tripa de un peluche.
Allí encontré a Perséfone reclinada en su trono, y a Anquises que me contaba las hazañas de su hijo.
Cuando cae el sol en el infierno se apodera de sus habitantes una inevitable ceguera, una ceguera blanca de niebla y nieve.
Y a la salida, cuando ya crees que lo has visto todo, te encuentras a Orfeo tirado en una cuneta, llorando sus desgracias.
domingo, 27 de febrero de 2005