El comisario Ródenas comenzó a liar un cigarrillo, como siempre hacía ante la vista de un cadáver ("para tapar con el humo el olor de la sangre fresca", decía). Sus sospechas fueron pronto confirmadas por su ayudante.
- Es el mismo, comisario -dijo éste. - Mismas características, mismo modus operandi. Fíjese en la postura. Ya tenemos aquí a la cuarta.
Ante él se encontraba la chica, o lo que quedaba de ella, enrollada en posición fetal sobre el sofá de su salón, como las tres anteriores. Con el rostro vuelto hacia la televisión encendida y emitiendo cualquier programa estúpido, también como las víctimas anteriores. Con las cuencas de los ojos vacías, con los globos oculares desaparecidos, con las imágenes televisivas reflejándose en las oscuras cavernas que se abrían bajo sus cejas.
- Alguien tiene una bonita colección de ojos, comisario.
Siempre tan frívolo, este ayudante. Cómo se nota que es joven, que todavía la muerte la parece un motivo fascinante al que dedicar una vida.
El comisario aspiró el cigarrillo.
Ahora olía a humo.
sábado, 19 de febrero de 2005