Hoy me he despertado hablando una lengua que, al menos hasta el día anterior, me era totalmente desconocida.
Se trataba de una sucesión de fonemas que yo desarrollaba con total naturalidad, como quien parpadea. Abundaban los fonemas guturales, velares, y unos curiosos uvulares que yo ni siquiera hubiera pretendido unos días antes tener la capacidad de pronunciar, dada la vulgaridad y poca autonomía de mi aparato fonador, y que sin embargo revelaban un conjunto lingüístico lleno de armonía, en absoluto cacofónico.
Me sentía realmente feliz por poder hablar una nueva lengua, de modo que comencé a investigar, suponiendo que tal vez pudiera tratarse de alguna derivación del arameo clásico, de alguna lengua caldea o quizá del sánscrito coloquial, que al fin y al cabo son las lenguas más de moda en los procesos xenoglósicos.
Pero una inquietante sospecha ha turbado mi ánimo. Algunos indicios me hacen pensar que puedo haber aprendido la lengua del monstruo que vive dentro de mi armario, ése que hace ruido por las noches, el que se arrastra por el pasillo mientras me rindo a la duermevela, el que hace crujir toda la casa, el que deja mechones de pelo colgando en las esquinas del mobiliario.
Me lo imagino saliendo de su escondite y, mientras duermo, colocándome el infalible curso interactivo e inconsciente del "Aprenda su lengua sin esfuerzo" en un reproductor MP3 de última generación. Y yo aprendiendo sin darme ni cuenta.
Tal vez quiera comunicarse conmigo. No debe quedar mucho, en realidad hablo con bastante fluidez.
sábado, 26 de febrero de 2005