Un nuevo cigarrillo, esta vez en el sofá de su casa. Sin encender la televisión, que tampoco ofrece nada interesante. Tan sólo un suave hilo musical para relajar las tensiones del duro día de trabajo.
El comisario Ródenas ojeó las fotos de los cadáveres, se sirvió un martini y buscó en el inmaculado techo de su salón la respuesta a las cuestiones que le asaltaban.
Las chicas eran cuatro, ocho los ojos robados, su ayudante se creía protagonista de un thriller de serie B y su prestigio estaba en juego. Sin embargo, nada de esto le importaba en absoluto. Esta vez el asesino sería verdaderamente difícil de cazar, llegaría a las diez, a las veinte víctimas de los psicópatas que han entrado en la leyenda.
Y el comisario Ródenas, ante todo esto, no podía más que esbozar una sonrisa conformista.
Mañana, mañana atacaría de nuevo.
lunes, 21 de febrero de 2005