Para los demás eres lo que escribes, ya que los demás sólo perciben lo que tú quieras entregarles, lo que hagas público, lo que dejas, voluntariamente, impreso para la eternidad.
Para ti mismo, sin embargo, no eres lo que escribes, sino que escribes lo que eres, porque no puedes escribir más allá de tus percepciones, de tus sentimientos, de tus interpretaciones de la realidad que te rodea, porque incluso un mundo inventado, una sucesión imaginaria de acciones, tiene, en última instancia, una base de realidad, un principio de constancia, un punto vivido de inspiración.
Por esa razón una obra de arte, para su autor, es un fruto de realización personal, el hijo perdido, una esperanza para el futuro.
lunes, 14 de marzo de 2005