Es lo que sucede cuando tienes que tomar decisiones, cuando tienes la última palabra, cuando has sido nombrado juez del Tribunal Supremo.
La Parca debe de estar harta, tanto cortar hilos, decidiendo en cada momento quién debe vivir, quién debe morir, quién es bueno o quién es malo, cuando en realidad los matices son tantos, casi infinitos, que los merecimientos no pueden valorarse de forma objetiva.
Tomar decisiones que influyen sobre los demás es una especie de condena. También lo es que los demás tomen decisiones por ti. En conclusión, lo más adecuado sería que cada uno tuviese la capacidad libre de decidir por sí y para sí.
Por esa razón la Parca, de mayor, quiere ser el Ermitaño.
- Ahora, de una tirada, me cargo a éstos cuatro.
viernes, 11 de marzo de 2005