Habría que preguntarle al amigo G.W.F. Hegel, pero parece lógico pensar que la experiencia estética, como experiencia personal, se encuentra influida por factores que van más allá de la propia belleza del objeto al que el sujeto se entrega.
Para disfrutar de la belleza en comunión universal, para entrar en el diverso mundo de los valores estéticos por encima de la mera contemplación, son necesarios la información, el interés, la buena disposición, y elementos tales como la soledad y el silencio.
Intenten entrar en trance en los túneles del metro en hora punta, o en una herrería, y lo comprenderán.
Hay que buscar el momento adecuado para que la experiencia estética despliegue todas sus posibilidades.
Soy de los pocos en el mundo, según creo, que pueden presumir de haber contemplado, cara a cara, en la más absoluta soledad y un silencio casi doloroso, la Gioconda de Leonardo. Sólo hay que esperar que se vayan todos. Entonces, durante unos segundos, los suficientes hasta que el amable guarda de seguridad te invite a abandonar la sala, sabes con toda seguridad que la mirada de la dama te sigue a ti, exclusivamente, y no al tipo que te empuja, ni al japonés que saca fotografías creyendo que Leonardo era un francés de principios del siglo XX.
Entonces, y sólo entonces, disfrutas del arte como fue concebido, y lo percibes como tuyo, y te sientes afortunado, privilegiado, casi inmortal.
miércoles, 30 de marzo de 2005