Nunca recuerdo mis sueños. Prácticamente en ninguna ocasión, a lo largo de toda mi vida, los he recordado, tan sólo alguna que otra pesadilla, muy de vez en cuando, se grababa a fuego en mi memoria para venir a desvelarme en el momento más inoportuno.
Por eso siempre había considerado una suerte vivir sin sueños. A menos sueños, menos problemas. A menos recuerdos inútiles, más espacio para recordar las cosas verdaderamente importantes.
Hasta estos últimos tres días.
Mi mente ha comenzado a hervir de ideas misceláneas, hilarantes, absurdas, historias cargadas de delirios y tan sólo ligerísimamente conectadas con la realidad.
Me gusta analizar mis propios sueños, como hacía Freud cada día, al despertar, antes de analizar los de los demás. Soñar es como vivir dos vidas, ser tú y ser otro, hasta el punto de no saber muy bien quién eres realmente tú, cuál es el yo que sueña y cuál el yo que vive entre objetos reales.
Tal vez ambos seamos imaginarios.
La idea es tan sugerente que trataré de soñar con ella la próxima vez.
viernes, 8 de abril de 2005