Se trata de una visión borgiana. Entro en una biblioteca tremenda, abismal, inconmensurable. Largas estanterías se extienden ante mí hasta donde puede alcanzar mi vista. Calculo que deben de ser millones los volúmenes que yacen ahí, esperando ser leídos.
Mis sentidos pueden ya percibir la ingente cantidad de conocimiento que allí se encuentra. Puedo olerlo, paladearlo... ¿se encontrarán ante mí las respuestas a mis ansias de inmortalidad y omnisciencia?
Sin embargo, la longitud infinita de las estanterías choca de frente con mi limitado tiempo de vida. Soy consciente de ello, siento que, después de tanto buscar, voy a perecer apenas a un palmo de llegar al final de mi camino. Tanto nadar para ahogarse en la orilla...
La situación comienza a agobiarme. Tanto conocimiento congregado porque sí se revela superior a mis fuerzas y mi capacidad de asunción. No puedo respirar, siento palpitaciones y he de abandonar la biblioteca.
Inmediatamente asocio mis síntomas con el síndrome de Stendhal, posiblemente porque está de moda a causa de una campaña publicitaria. El síndrome existía ya antes de que saliera por la tele, puedo jurárselo.
Para poner algo de moda, no hay como sacarlo por televisión, aunque, hablando de moda, hay quien palpita ante un centenar de libros como una quinceañera ante un escaparate de Zara.
jueves, 26 de mayo de 2005