¿Cuántas horas, minutos, segundos, cuántos días completos tuvo que posar La Maja desnuda ante el maestro Goya para obtener el premio de su fama eterna y de la exposición de sus encantos a millones de visitantes?
Tiene mérito, aguantar durante un tiempo que se hace infinito, inmóvil, en la pose en la que quieres ser recordado. Ahora, en la era de la cámaras digitales, tres segundos de preparación para una fotografía empiezan a considerarse una desagradable pérdida de tiempo.
Pero más aún me cuesta imaginar a los miembros de la fragua de Vulcano detenidos en pleno esfuerzo para que Velázquez pudiera reproducirlos, o la ronda nocturna detenida ante Rembrandt hasta que el amanecer los dispersó, o a los filósofos atenienses quietos, ellos y cincuenta extras circundantes, ante el lienzo de Rafael. Lo que puede llegar a hacerse por permanecer en las memorias, los lienzos y las retinas de las gentes...
"A ver Saturno, quieto ahí, justo dando ese mordisquito a tu hijo..."
"Vamos, chicos, ¿es que no podéis estar quietos los doce? Vaya apóstoles que elegí... Santiago, Tomás, dejad de hablar, que si no Leonardo no podrá empezar nunca..."
jueves, 5 de mayo de 2005