miércoles, 29 de junio de 2005

Póngase al final de la cola

- No es su turno - le dijeron al tipo. - Póngase al final de la cola.
Y allí se puso, observándole la espalda al señor que se encontraba delante, echándole el aliento en la nuca, animándole a avanzar pisando las cabezas, si hiciera falta, del resto de los que completaban una cola que parecía extenderse hasta un punto, allá en el infinito, donde se imaginaba, más que se observaba, el mostrador.
Y pasaron minutos interminables, horas que fueron milenios, eras geológicas. Y el mostrador seguía perdiéndose en el horizonte. Pero ahora la cola ya no terminaba en el tipo, sino que se extendía hacia atrás, con millones de caras, todas iguales, lánguidas, grises y aburridas.
Y el tiempo seguía pasando.
Y la cola seguía estancada.

sábado, 25 de junio de 2005

Opciones de audio

Para los demás, ella era la chica que recogía piedrecitas de la orilla. Escogía las más pulidas, las que poseían los más bellos colores, las de las formas más sugerentes e inverosímiles. Las metía en un pequeño bolsito y las llevaba a casa.
Eso es lo que veían los demás.
Más tarde, cuando regresaba a su apartamento gris de un bloque gris de un barrio gris, la chica depositaba las piedrecitas recogidas en el cajón de su mesita de noche, hasta que este estuvo repleto. Tuvo que utilizar el armario, el mueble tocador, la alacena de la cocina, el cuarto trastero...
Y eso nadie lo supo nunca.
Nadie lo supo hasta que alguien observó un día que el vulgar apartamento gris había dejado de serlo, y que en su lugar se levantaba ahora un enorme e imponente castillo, una potente construcción modelada a base de pequeñas piedrecitas, bellas y pulimentadas, que se agarraban entre sí como si se amaran y que convertían el castillo en inexpugnable.
Desde allí la chica observaba a la gente gris en sus grises casas, y el gris destino de un mundo gris, como quien observa una película, eligiendo, incluso, entre las distintas opciones de audio, entre los distintos idiomas y entre las posibilidades de subtitular. Incluso había algunos extras con entrevistas y un making off.

viernes, 24 de junio de 2005

Aquelarre

Solsticio vernal en el hemisferio boreal.
El día ha sido tan largo que las criaturas nocturnas reclaman, en justicia, la reinversión del tiempo perdido.
Que continúe gobernando la luz, pero no la del atroz sol abrasador, sido la del fuego consumidor de las hogueras purificadoras.
Saltemos alrededor de las llamas con afán renovador, cerremos los ojos y hagámosle pasillo al macho cabrío.
Y el mundo, en decúbito supino, acabará mirando las estrellas.
Y algunos seres especiales, en decúbito prono, echarán un vistazo al infierno durante unas horas.

lunes, 20 de junio de 2005

Plagios y criaturas

¿Qué hizo el perro cuando se asomó al puente y vio su reflejo en las aguas que corrían plácidamente?
Pues pensó que se trataba de otro perro, y que era otro el hueso que llevaba en la boca, y ladró para asustarle y apoderarse del suculento manjar, y al ladrar su propio hueso cayó irremediablemente, y para siempre, al fondo del río.
Seguro que el perro pensó que ese otro perro maldito le había ganado la batalla, y que su estupidez había permitido que su rival estuviera ahora beneficiándose satisfecho de su botín.
Qué paradoja, ¿no?
Hay quien crea una realidad con la intención de sacar beneficio de ella y, finalmente, su propia creación termina superándole en desigual batalla. Pienso en los músicos cuyas canciones adquieren tal significado para generaciones sucesivas que ellos se confiesan incapaces de controlarlas, en los escritores que son superados por sus personajes en premios, en admiración y en cualidades morales, en los políticos que pierden la cabeza devastados por la maquinaria que ellos mismos desarrollaron.
Pienso que la mejor manera de no perder es, sencillamente, no jugar.
Pero sigo tirando los dados.

viernes, 17 de junio de 2005

Ceremonias de tránsito

¿Es este el fin de algo?
Todas las sociedades, desde las más primitivas a las más innovadoras, están salpicadas de ceremonias, ritos o costumbres de iniciación, de introducción a períodos de la vida que se consideran nuevos.
Se trata de cruzar el umbral, de traspasar fronteras individuales, de hacer comprender a los miembros de la comunidad que siguen los mismos pasos de sus antepasados.
Una fase tras otra, todos terminarán en el mismo lugar. Y todos son conscientes de ello. Sin embargo, al mismo tiempo, nadie puede acabar con la incertidumbre del momento previo, con la trascendencia de las repeticiones rituales, con la cuestión del qué pasará ahora.
¿Y qué pasará ahora?
Un inabarcable territorio virgen se abre ante mis ojos. Un territorio por explorar, una telaraña de caminos por recorrer, un mundo esperando a que yo, libre al fin, decida recorrerlo, observarlo o tan sólo imaginarlo.
Pero la decisión es mía, y ese simple hecho me llena de gozo.

lunes, 13 de junio de 2005

El bosque

El amable roble da cobijo a los helechos, les provee de humedad y sombra, y estos disfrazan sus intenciones de inofensiva simbiosis justo durante el tiempo necesario para procrear, para ser suficientes, para multiplicarse hasta igualar las fuerzas con el poderoso roble.
Entonces comienzan a trepar por su tronco, ascienden por sus ramas, lo visten, lo tiñen, lo ahogan.
En el bosque de la vida, a veces, no vale con ser grande; a veces, sólo sirve ser malo. O estúpido.
Cuando el roble, sin aire, muere asfixiado, se corrompe, se descompone. Entonces perecerán también los helechos, devorados por el sol y las condiciones desfavorables que ellos mismos, en el summum de la estulticia, habían construído.

jueves, 9 de junio de 2005

Autopsicoanálisis prehistérico

Se me acerca un tipo y me dice: "Noto un defecto en mis engranajes. Algo chirría dentro de mí, creo que me estoy oxidando".
Yo no puedo evitar mirarle con un evidente gesto de extrañeza sobre mi rostro. Para empezar, porque todavía no termino de acostumbrarme a que los desconocidos se me planten delante y me hablen como si yo fuera a estar interesado en lo que me dicen; en segundo lugar, porque eso de los engranajes y las ruedas interiores que se oxidan se me figuró una estupidez mayúscula.
Deduje que el tipo estaba un tanto desequilibrado (lo cual en los tiempos que corren no es extraño, pero es molesto) y le abandoné mientras me suplicaba y me pedía ayuda con ojitos de cordero degollado.
Silogismo:
· No me gustan los desequilibrados, me vuelven histérico.
· Pensar en engranajes que pueblen tu interior es, definitivamente, propio de desiquilibrados.
· Lamentablemente, mientras escribía estas líneas me he convencido a mí mismo. En efecto, nuestro mecanismo vital se parece a un reloj suizo como dos gotas de agua (excepto en el nimio detalle de que el reloj, habitualmente, es más fiable y preciso).
· Ergo yo también estoy desequilibrado.
· Ergo yo no me gusto a mí mismo.

domingo, 5 de junio de 2005

Entre vítores y aplausos

- ...y mi mayor deseo, por tanto, dado el tema de esta conferencia, sería que ustedes no estuvieran aquí, que mis palabras no resonaran en los oídos de ningún ser viviente, que mi vida se agotara y exhalara su último aliento frente a un auditorio vacío. Quiero que mi última conferencia sea una conferencia en soledad.
El conferenciante puso en orden sus anotaciones y dio por terminada su alocución. Los innumerables asistentes rompieron el silencio con aplausos conmovidos y silbidos de admiración. Había quien no podía tenerse sentado y, emocionado, levantábase y temblaba.
Una nueva conferencia, un nuevo éxito.
El conferenciante saludaba magnánimo, con una vehemente sonrisa sobre sus labios. En el fondo, no obstante, lloraba la ignorancia de los allí presentes, y su desobediencia al desoír esas últimas palabras, aquéllas con las que siempre terminaba su alocución, aquéllas que suplicaban soledad, que buscaban la paz, el anonimato, aquéllas que el público habitual, ingrato, o no comprendía o tomaba a broma.

jueves, 2 de junio de 2005

De revolución en revolución

Primero fue la revolución neolítica la que despertó al Leviatán. El monstruo tremendo abrió los ojos y todavía el ser humano sufre sus consecuencias.
Después vino la revolución industrial, porque era necesario acabar con las migajas que había dejado el monstruo a su paso.
Ahora se nos habla de la revolución tecnológica. Ya que no quedan territorios vírgenes, desarrollemos nuestras fantasías en mundo virtual.
La revolución francesa, la revolución rusa... se deduce que una revolución en condiciones supone una alteración tal del entorno natural o humano que basta con tener una por siglo, ¿no creen? Igual hasta es demasiado.
Esperemos la revolución del siglo XXI. Quizá sea la última (¿es esto un deseo utópico o una visión apocalíptica?).
Mientras tanto, mi coche avanza a 3.000 revoluciones por minuto. Una brutalidad, ¿no? No sé si Robespierre podría soportarlo...