Se me acerca un tipo y me dice: "Noto un defecto en mis engranajes. Algo chirría dentro de mí, creo que me estoy oxidando".
Yo no puedo evitar mirarle con un evidente gesto de extrañeza sobre mi rostro. Para empezar, porque todavía no termino de acostumbrarme a que los desconocidos se me planten delante y me hablen como si yo fuera a estar interesado en lo que me dicen; en segundo lugar, porque eso de los engranajes y las ruedas interiores que se oxidan se me figuró una estupidez mayúscula.
Deduje que el tipo estaba un tanto desequilibrado (lo cual en los tiempos que corren no es extraño, pero es molesto) y le abandoné mientras me suplicaba y me pedía ayuda con ojitos de cordero degollado.
Silogismo:
· No me gustan los desequilibrados, me vuelven histérico.
· Pensar en engranajes que pueblen tu interior es, definitivamente, propio de desiquilibrados.
· Lamentablemente, mientras escribía estas líneas me he convencido a mí mismo. En efecto, nuestro mecanismo vital se parece a un reloj suizo como dos gotas de agua (excepto en el nimio detalle de que el reloj, habitualmente, es más fiable y preciso).
· Ergo yo también estoy desequilibrado.
· Ergo yo no me gusto a mí mismo.
jueves, 9 de junio de 2005