Para los demás, ella era la chica que recogía piedrecitas de la orilla. Escogía las más pulidas, las que poseían los más bellos colores, las de las formas más sugerentes e inverosímiles. Las metía en un pequeño bolsito y las llevaba a casa.
Eso es lo que veían los demás.
Más tarde, cuando regresaba a su apartamento gris de un bloque gris de un barrio gris, la chica depositaba las piedrecitas recogidas en el cajón de su mesita de noche, hasta que este estuvo repleto. Tuvo que utilizar el armario, el mueble tocador, la alacena de la cocina, el cuarto trastero...
Y eso nadie lo supo nunca.
Nadie lo supo hasta que alguien observó un día que el vulgar apartamento gris había dejado de serlo, y que en su lugar se levantaba ahora un enorme e imponente castillo, una potente construcción modelada a base de pequeñas piedrecitas, bellas y pulimentadas, que se agarraban entre sí como si se amaran y que convertían el castillo en inexpugnable.
Desde allí la chica observaba a la gente gris en sus grises casas, y el gris destino de un mundo gris, como quien observa una película, eligiendo, incluso, entre las distintas opciones de audio, entre los distintos idiomas y entre las posibilidades de subtitular. Incluso había algunos extras con entrevistas y un making off.
sábado, 25 de junio de 2005